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Entre la fresera y la nostalgia

Ilka Oliva Corado

Crónicas de una inquilina

Imagen obtenida de: tlachinollan.org | Jornaleros indígenas de la sierra de Guerrero.
Imagen obtenida de: tlachinollan.org | Jornaleros indígenas de la sierra de Guerrero.

La semana pasada, fui a cortar manzanas con mi hermana-mamá a una finca a las afueras de Illinois, en frontera con Wisconsin. Ahí hay cabras, patos, gallinas, conejos, marranos y sembradíos de ayotes;  árboles de manzanas, duraznos y ciruelas. También hay un restaurante al estilo country, donde se pueden comprar tartas de frutas de la estación, la típica sidra de manzana y otras bebidas de la región. Esa finca es apenas una pincelada en acuarela del mágico lienzo abstracto de mi lejana infancia que alberga mi caos existencial.

Llegamos, pagamos la entrada e, inquieta, me dirigí hacia los gallineros. Enfrente está el corral de las cabritas y me emocioné como una niña cuando las vi; mis amores, mis amigas de infancia, mis aleras… Pronto, se estacionó el tractor que lleva enganchados los vagones, tipo galeras, donde llevan a los visitantes al sector de la finca donde están las frutas. Con su paso lento, permite que los convidados disfruten del paisaje, en los linderos de las sombras de encinos y arces. Los encinos…, los hermosos encinos.

Perdí la cuenta de los tipos de manzanas que están ahí sembradas; yo tengo dos muy presentes en mi memoria: las manzanas de Washington, de las que sólo comprábamos una libra para Navidad, y los perotes que compraba en el mercado la Terminal, cuando me alcanzaba para esos lujos. Con el afán de mantener intacto ese recuerdo, sólo compro manzanas Washington para Navidad, y lo mismo hago con las uvas. Es la única época del año en que las como: es retornar, volver a caminar en las calles polvorientas de mi arrabal, volver a sentir el olor a musgo y el vendaval frío de fin de año; es sentir, de nuevo, el calor de hogar y el abrazo de los amigos de mi infancia; es no sentirme extranjera y desterrada.

Nos bajamos del vagón y yo me dejé ir, como cabra suelta en la arada, entre tantos palos de manzana. Mi vista no alcanzaba entre tanto surco, por un instante me faltó el aire y me fue difícil respirar; era tanta la emoción, los recuerdos venían de golpe. Los surcos entre manzanas y encinos me hicieron recordar La Aguacatera —en la aldea Zorzoyá, San Lucas Sacatepéquez— que pasábamos en nuestro camino a La Fresera, finca en la que trabajábamos, los fines de año, cortando las frutas que se exportaban.

Cuando recién emigramos a Ciudad Peronia, el arrabal comenzaba a poblarse y habían anuncios de trabajo para jornaleros, para ir a cortar fresas;  toda la familia se apuntó. Iban nuestros papás con nosotros, pero ya estaban los cumes y había que cuidarlos, por lo que los dejábamos con una tía y nos íbamos. Media Ciudad Peronia se había apuntado. Nos juntábamos a las dos de la mañana, en la salida de la colonia, por el lado de la aldea La Selva, y ahí comenzábamos a caminar. Eran 20 kilómetros de ida y 20 de regreso. Pasábamos caseríos, sembradíos, riachuelos, las montañas verde botella —que tanto añoro—,  y pasábamos por Sorsoyá, para finalmente llegar a La Fresera.

Comenzábamos el jornal a las seis en punto de la mañana, para terminarlo a las seis en punto de la tarde. Nos daban media hora para almorzar. Los sanitarios eran al aire libre, entre el zacatal. Al ver que no nos alcanza con el pago, y que había que criar a los cumes, pagarnos la escuela, la comida y el calzado, mis papás se idearon llevar a vender pupusas de chicharrón y atol —la venta de los helados vino después.  Entonces, nos levantábamos a la una de la madrugada a cocinar todo, para estar a las dos de la madrugada con las hieleras al hombro; las dejábamos al inicio del surco y nos poníamos a cortar las fresas. A la hora del almuerzo, vendíamos y todo lo dejábamos fiado para cobrar a fin de mes. Fue en tiempo de vacaciones de la escuela, desde octubre hasta enero.

Qué días aquellos, el jornalero siempre explotado. Los dueños de la finca eran déspotas, y el caporal corregido y aumentado; nos robaban en la pesada de la fruta y nos pagaban lo que querían.

Estoy parada, frente a los surcos de árboles de manzana, con la boca llena de los perotes que encontré; con las lágrimas en el borde, con los suspiros contenidos, respirando el olor a monte, con la mirada extraviada en los surcos de fresas, con el olor de los aguacates de La Aguacatera, entre pinos, cipreses, y el aire frío de San Lucas Sacatepéquez. Entre el ayer y el hoy, en mi eterno vaivén; en este presente de inquilina.

—Ay, Negra, malaya los coches. Me dice mi hermana al ver un manzanal maduro al pie de los árboles. Para mantener a los marranos, en la casa de Ciudad Peronia,  después de vender helados nos íbamos a los puestos de frutas y verdura a recoger las sobras y las metíamos en un costal, ese era el manjar para ellos; bien les iba cuando teníamos para comprarles afrecho, o cuando nos sobraban tortillas tiesas que les poníamos a remojar, ya ni se diga cuando les dábamos chilate. Felices cuando me bañaba con ellos. Yo era la encarga de todo el oficio del patio y de los animales. Mi hermana-mamá, de  los cumes, del oficio de adentro y de la lavada de ropa. Teníamos también tareas compartidas, como ir a vender helados.

Entre la arboleda de manzanas,  a lo lejos, ensimismados y visiblemente agotados estaban los jornaleros gringos limpiando la maleza. En todos lados estamos los peones, sin credo, sin raza, sin color, sin nacionalidad: somos la esencia de la clase obrera, campesina y proletaria.

Por un breve instante, ambas nos vimos a los ojos y sin saber qué era lo que pensaba la otra dijimos al unísono: ¡la fresera!, y nos abrazamos nostálgicas. Entonces yo reparé en que “Uno se despide insensiblemente/ de pequeñas cosas….” Y que “…Uno vuelve siempre/ a los viejos sitios/ donde amó la vida…”

Seguimos cortando manzanas y vi alejarse entre los surcos a mi hermana-mamá, la gran mujerona, no pude contener las lágrimas al pensar en lo privilegiada  que soy de ser su hermana y de poder decirle todos los días al despertar: buenos días Pelu, como en los años de nuestra hermosa infancia.

Para: mi hermana-mamá.

Ilka Oliva Corado, Estados Unidos.

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