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Desterrarando el principio de “una persona, un voto”.

Albert Camus

Filopolítcia

Pintura India Votes, autor desconocido | Obtenida de: http://www.art-non-deco.com/india.htm
Pintura India Votes, autor desconocido | Obtenida de: http://www.art-non-deco.com/india.htm

En tiempos de las llamadas democracias inacabadas, líquidas y demás epítetos elucubrados por la academia editorialmente bendecida, la única salida válida para reconstituir el contrato social, que subyace como sostén a nuestra institucionalidad representativa, es el de reconsiderar ese principio ramplón y tramposo, que nos hizo creer durante mucho tiempo que lo real es sinónimo de lo expectante; la unificación maléfica entre acto y potencia debe ser escindida para que tengamos, normativamente, una sociedad en donde el voto del ciudadano sea proporcional a su deuda —u obligación— con su Estado tutelar. Es decir, el voto de un ciudadano que ha tenido acceso a los servicios básicos que proporciona el Estado no puede tener el mismo valor real que el voto de un ciudadano que, por el Estado, ha sido hecho a un lado.

Ha llegado el momento para que dejemos de actuar como meros comentadores de la realidad, como catedráticos de teorías perimidas que no se corresponden con lo que sucede en amplios latifundios del mundo, en donde millones de seres humanos, de carne y hueso, perecen en la miseria más absoluta, y son vejados en su expectativa por quienes se aprovechan de lo único intangible que poseen; la esperanza.

La esperanza de que sean iguales, de que sean incluidos, de que tienen los mismos derechos que cualquiera es el veneno más ruin y letal, inoculado por parte de los sectores interesados en un mundo para pocos, sosteniéndose en los que no tienen, prometiéndoles lo imposible.

Esa promesa, se maximiza e hiperboliza en tiempos electorales, ahí es cuando el vejamen se transforma en un delito permanente; se materializa en grado sumo cuando los cancerberos del sistema —referentes políticos, académicos o mediáticos— ofrecen dinero, comida, bolsones de mercadería, elementos de construcción para que sus casas precarias sigan siendo tales, formalizarlos en el sistema laboral para legalizar la esclavitud moderna, o en el mejor de los casos, prometerles ruines mejoras salariales que nunca les alcanzará para dejar de ser patológicamente dependientes.

Es tiempo para los que sienten que la humanidad necesita avanzar por otros senderos, abracen esta posibilidad: plantear reglas de juego diferentes.

Hablamos de devolverle al pobre lo que se le quitó, se le quita y se le sigue quitando. Hay que suspender el delito permanente, del que es víctima desde lo institucional, para que se le reconozca como sujeto a ser compensado, regresado en su condición de humano e integrado a un contrato social, en donde no tenga excusas para cometer ningún tipo de delito o desacato.

Si no reaccionamos a tiempo, no tendremos un mañana en donde las diferencias se planteen en términos democráticos o de diálogo. Aquellos, a los que les seguimos sacando todo, nos vienen advirtiendo que ya se dieron cuenta de que lo saben, y de diferentes maneras nos lo están haciendo saber; cada elección que pasa, es una oportunidad más que dejamos pasar para que se siga construyendo ese día de juicio final, en donde ninguno de los que estamos del otro lado tengamos posibilidad de defensa alguna.

Desde hace décadas, la ciencia política y la filosofía política debieron resignificar el contrato social, redefinir el principio de igualdad, y acotar lo extenso y polisémico de lo democrático, para consignarle un valor diferente, sobre todo para aquellos olvidados por el Estado. Estos invisibles —políticamente hablando— deberían ser empoderados asignando un valor de cinco a cada uno de sus votos, dignificándolos para sacarlos del estado de víctimas que impone el prebendedarismo, la compra de votos o los bolsones de mercadería —una práctica muy extendida en Latinoamérica— que, en definitiva, carcome y deslegitima la democracia actual.

Se nos dice que la democracia, en el período electoral, es la manifestación por antonomasia de la libertad política, dado que cada cierto tiempo podemos elegir a quiénes nos gobiernen. Esta definición casi academicista es una mera expresión de deseo, un anhelo romanticón, ante las batallas que se libran por convencer, seducir, o mejor dicho, cooptar a los electores para que tomen una decisión. Por más que estemos en contra, lo denunciemos, combatamos o relinchemos, lo cierto es que ante una elección, los guarismos cantarán que el “aparato” (en el sentido más bestial y alienante del término) ha funcionado mejor, y con ello, ungiremos en la impostura que nos exige esta democracia en papeles, a nuestros representantes que atesoraran la voluntad popular cosechada bajo supuestas reglas democráticas avant la lettre.

Las elecciones se ganan en esos oscuros recintos en penumbras donde se distribuye el contante y sonante, enajenado del erario público u obtenido del privado a quién se favorece o favorecerá; ahí donde se aceita la maquinaria que saldrá a la búsqueda del voto a voto, a cambio de lo que sea —efectivo, bolsita, material, expectativa, ilusión, apriete o desánimo.

En esos lugares, generalmente llamados “cocina” —los narcotraficantes utilizan la misma palabra para referirse al lugar donde hacen o fabrican las drogas— se precisa de un ábaco, una calculadora o un programa de pc para calcular cuánto se dará a cada quién y en qué momento. Quien mejor distribuya, tanto la materialidad como la expectativa, y a su vez, el equipo que mejor coordine la implementación de lo planificado, se quedará o llegará al poder

La propuesta —el remedio, antídoto, o como se lo quiera llamar— puede tener un correlato, en sentido inverso, con el voto calificado o la democracia censitaria. Cierto dato histórico refiere que en el siglo XIX, en Bolivia, el derecho al voto lo ejercían quiénes, entre otras condiciones tuvieran renta, ingreso o propiedades, nada muy diferente de lo que ocurría en casi todas las latitudes del mundo conocido, hasta antes de la irrupción —en el siglo XX— del voto universal —en ciertos países, se lo denominada de tal manera pese a que no se consideraba el voto a la mujer. Por supuesto que correlato no significa ni similitud, ni empatía; de hecho, expresamos nuestro más profundo rechazo a categorizar a los ciudadanos, calificándolos de acuerdo a grados de estudios obtenidos, ingresos o cualquier predicado que se le asignen como sujetos.

Hacer visible a todos aquellos que nuestro sistema ha excluido, nos impelerá a trabajar en una democracia inclusiva, más allá de los detalles de lo ideológico, lo partidario o lo cultural de cada pueblo que se precie de habitar y de convivir bajo un régimen en donde la representatividad no tenga vicios de origen, o apañe situaciones históricas de desigualdad, injusticia y marginalidad.

Albert Camus, Argentina.

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