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Morir antes del suicidio

Elvis Alejandro Zorrilla

Cartas abiertas

José María Arguedas | Foto por:  Fernando Silva Santiesteban.
José María Arguedas | Foto por: Fernando Silva Santiesteban.

No sé ustedes, pero a mí siempre me ha parecido extremadamente gracioso ver a aquellas personas que, en un momento, desean estar muertas, pero luego —como por arte de magia— algo les hace cambiar de parecer y desean que nunca llegue la muerte a sus vidas. Le rezan a todos para que aquel ser de figura esquelética que lleva una capa y capucha se tome unas largas vacaciones y les visite cuando ya hayan disfrutado de una vida plena. Pero también hay otro tipo de personas que no les importa nada y optan por dar fin a su efímera vida debido a las experiencias funestas que tuvieron o debido a que enfrentan una condición incurable que solo les augura un corto futuro lleno de dolor. Según la OMS (Organización Mundial de la Salud), casi 3,000 personas deciden poner fin a su vida cada día y eso no es nada alentador en este tiempo acelerado.

A mis veintidós años he conocido personas que han acabado con su vida, siendo ajenas al gran dolor que dejarían. Se fueron sin pensar que aquí, en esta tierra, lloraríamos abundantemente por su ausencia y fatal decisión. Este fue el caso de José María Arguedas, novelista peruano, cuando decidió poner punto final a su vida un 2 de diciembre de 1969. Ese día, el Perú entero lloró al sonido de las canciones en quechua; entendíamos que toda su vida la había invertido en escribir y en esforzarse por retratar las vivencias que estaban en los extramuros del mundo. Él siempre se sintió como un puente, un vínculo entre dos mundos: el andino y el occidental. Recuerdo claramente que lloré la primera vez que leí uno de sus cuentos llamado Warma kuyay (Amor de niño), donde presentaba el amor sincero del pequeño Ernesto por Justina, el gran dolor que tuvo al enterarse que había sido violada por una de las autoridades y, ya de adulto, la gran tristeza con la que le tocaba vivir al recordar su warma kuyay.

Arguedas escribía por amor, por goce y por necesidad, no por oficio. Era un hombre de carácter amoroso, temperamento complejo y una inefable bondad. Los que lo veían decían que era una persona que tenía algo que decir y escribir. Y eso fue lo que hizo: dijo y escribió la verdad que llevaba dentro. La modestia, como bien lo dice Salvador Bueno, era en él una forma cabal y sincera de enfrentarse al mundo. Buena parte de su obra ofrecían rasgos de su personalidad y poseía el mérito intrínseco de testimonio autobiográfico. Un claro ejemplo es Ríos profundos, una novela intensa y poética donde mostraba una nueva visión del indio, de su dolor sin medida; dolor que lo acompañó hasta su muerte.

Arguedas vivió tiempos turbulentos que marcaron su vida. Perdió a su madre cuando tenía dos años y medio (“Yo no me acuerdo de mi mamá. Es una de las causas de algunas de mis perturbaciones emocionales y psíquicas”). Su padre se casó con una rica hacendada que tenía tres hijos y su nuevo hogar, con el transcurrir del tiempo, se convirtió en un verdadero infierno. Su madrastra y uno de sus hermanastros lo humillaban y despreciaban. Cierta vez, en 1965, en el Primer Encuentro de Narradores Peruanos que se llevó a cabo en Arequipa, leyó lo siguiente: “[…]Cuando llegué a la cocina me puse a comer; a mí la servidumbre me trataba mucho mejor que a los patrones; entró mi hermanastro, yo estaba tomando sopa y tenía un plato de riquísimo mote a un lado con su pedacito de queso; él me quitó el plato de la mano y me lo tiró a la cara, diciéndome: «no vales ni lo que comes», que es una cosa que se suele decir muy frecuentemente. Yo salí de la casa, atravesé un pequeño riachuelo, al otro lado había un excelente campo de maíz, me tiré boca abajo en el maizal y pedí a Dios que me mandara la muerte. Yo no sé cuánto tiempo estuve llorando, pero cuando reaccioné ya era la noche. Mi buen hermanastro se había asustado un poco y me estaba haciendo buscar por todas partes, y la única vez que se alegró de verme fue cuando regresé a la casa esa noche.” A los 15 años, José María Arguedas fue separado de los indios para trasladarse a la provincia, fue en ese momento donde se tuvo que enfrentar al mundo no indio donde también sufrió maltratos. Lo llamaban «serrano pendejo», lo ninguneaban por la dificultad que tenía al hablar castellano, ya que toda su infancia había vivido hablando quechua. A los 20 años, se estableció en la capital del Perú e ingresó a la Facultad de Letras de la Universidad Nacional de San Marcos. Un año después sufrió la pérdida de su padre.

Como nos podemos dar cuenta, la tristeza y la desgracia lo acompañaron todos los días de su vida y concuerda mucho con lo que señalaba Antonio Cornejo Polar al decir que su narrativa poseía “una auténtica y honda coherencia interior”. Pasado los años, el Perú fue testigo de su primer intento de suicidio. Arguedas se había cortado las venas, pero había sobrevivido. El país y las personas que tanto lo apreciaban podían respirar tranquilos, pero ello no duró mucho ya que una tarde del viernes 28 de noviembre de 1969, en un salón de la Universidad Agraria de La Molina, se disparó un tiro en la sien que lo hirió mortalmente. Ello ya lo había planeado hace algunos días atrás, según lo revela su diario, “Hoy tengo miedo, no a la muerte misma sino a la manera de encontrarla. El revólver es seguro y rápido, pero no es fácil conseguirlo. Me resulta inaceptable el doloroso veneno que usan los pobres en Lima para suicidarse; no me acuerdo del nombre de ese insecticida en este momento. Soy cobarde para el dolor físico y seguramente para sentir la muerte. Las píldoras —que me dijeron que mataban con toda seguridad— producen una muerte macanuda cuando matan. Y si no, causan lo que yo tengo, en gentes como yo, una pegazón de la muerte en un cuerpo aún fornido. Y esta es una sensación indescriptible: se pelean en uno, sensualmente, poéticamente, el anhelo de vivir y el de morir. Porque quien está como yo, mejor es que muera.” Fueron cuatro días de lucha, hasta que un martes por la mañana —dos de diciembre— no aguantó más y murió. Su corazón dejó de latir a las siete y quince de la mañana en el piso 13 B del Hospital del Empleado.

Las personas no saben, pero Arguedas ya había muerto antes de suicidarse. Era un muerto en vida cuyas obras no eran sino chapoteos de un hombre desesperado por aferrarse a lo que hoy las personas llaman “vida”. Lo que hoy nos queda de él son imágenes de su triste mirada, su voz melodiosa al cantar el carnaval del pueblo de Tambobamba de la provincia de Apurímac y una obra que al abrirla te pide ayuda desesperadamente.

Elvis Alejandro Zorrilla, Perú.

 

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