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Entre la imposición, el fomento y la recomendación a la lectura

Guillermo Guzmán

Portalápices

Pintura por Daniel F. Gerhartz, "The Garden Window" | Obtenida de: http://eclectic-scriptorium.tumblr.com/post/3853349887/petitpoulailler-daniel-f-gerhartz-american
Pintura por Daniel F. Gerhartz, “The Garden Window” | Obtenida de: http://eclectic-scriptorium.tumblr.com/post/3853349887/petitpoulailler-daniel-f-gerhartz-american

¿Alguien lleva un registro acucioso de cómo —y por qué— llegan los libros a las manos de los lectores? El camino del libro es un sendero de múltiples bifurcaciones. Algunos libros se compran porque aparecen en las novedades editoriales, otros porque se hacen películas de ellos —decepcionando a algunos ingenuos que creen que el lenguaje literario y el lenguaje cinematográfico son la misma cosa—; otros porque se encuentran en alguna banca o plaza, otros más porque algunos taimados se los roban de bibliotecas y cafés. Pero me aventuro a decir que la gran mayoría de libros son leídos por recomendaciones de otros; en un intercambio de libros hundido en un salto de fe.

Recomendamos un libro porque consideramos que lo transmitido por el lenguaje escrito necesita tomarse en cuenta; leemos versos, contemplamos personajes y repasamos ideas porque las creemos necesarias. No es coincidencia que un régimen totalitario destruya los libros para afianzarse. Ejemplos desafortunadamente sobran. Hoy día esta destrucción es suplantada por la indiferencia; habría que preguntarnos ¿qué tan importante es para un político la lectura hoy día? ¿Forma parte de su cotidianidad? ¿Le interesa la reflexión y la difusión de las ideas? ¿Su frivolidad y despilfarro estarán encaminados al derroche y posesión de mercancías y no a la difusión del arte y la cultura?

Es inevitable cuestionarse sí el leer con asidua frecuencia nos hace mejores personas. Yo considero que no. Personajes sumamente ilustrados han sido capaces de las peores atrocidades, la historia nos da cuenta de ello. Sería muy cómodo pensar que la lectura, por sí misma, nos da un pasaporte para ser mejores seres humanos. Paulo Freire opina, sobre la lectura, que nos sirve para desmitificar la realidad en relación con y por el otro. Entonces, ¿la lectura es una condición necesaria? La respuesta es: sí, pero no la única.

Considero que la lectura, en algunos casos, conlleva una cierta dosis de soberbia intelectual, tal como precisa Enrique Serna, en su más reciente texto. Una élite que se siente vacunada contra “las tinieblas de la ignorancia”. Egocentrismo ramplón que trata a los no lectores como leprosos o como un conglomerado de idiotas

Cierto día de ocio vespertino —que no es muy frecuente en un empleo de oficinista—, asistí a la biblioteca de un lindo barrio de Oaxaca. Cuando, de pronto, en mi errática contemplación de una exposición fotográfica, me topé con un círculo de lectura. Al cual fui invitado a participar mediante indirectas; con actitud de quien es sorprendido en cueros al quedarse atrancada la puerta de su casa, me senté en un lado del grupo.

Primera contraseña: “¿Y a ti, te gusta leer?” Yo —con sensación de extrañeza: “Lo hago ocasionalmente” (mentira).  Segunda contraseña: “¿Qué te gusta leer?” Yo —con sensación de incomodidad por el examen psicométrico, tentado a contestar: “Libros de autoayuda, la obra de Paulo Coelho, Crepúsculo”. Respuestas por el puro placer de escandalizar: “de todo un poco”.

Al  final del interrogatorio, se abrió la oportunidad de comentar la importancia de la lectura. Y ahí  fue donde el pensamiento en voz alta de este inconforme narrador se escuchó: “Yo creo que la lectura se ha vuelto una pose, un desfile de snobs, de personas superfluas con delirios pseudointelectuales, que se reúnen a hablar de obras que nunca podrán escribir”. ¡KAPUT!… “Dígale, Juan Pedro, lo que se ganó”. “Se ganooó, don Paco Buenrostro, un silencio y una antipatía generalizada”.  Pero a mí ya nadie me paraba: “además estoy harto de que, a quien no le guste leer, simplemente porque no le interesa, se le trate como a un leproso o un proscrito. ¿Qué es esa tontería de leer 20 minutos con tus hijos? Ajá, me pondré a leer la obra del Marqués de Sade con ellos; les diré que, en casi todas las fábulas de Esopo, uno de los animales participantes tiene que ser quemado, devorado o ahogado por el imperativo moral de que se debe aprender la lección de la manera más brutal posible”.

Ni las galletas, ni el café de una mesita próxima aligeraron el ambiente de esta lapidaria elucubración.

Después de mi perorata —con más visos de indignación que de intelectualidad—, reflexioné que lo me más me  molesta del asistencialismo de las campañas de lectura es que, en muchos casos, los que las promueven son mercaderes, a quienes lo que menos les interesa es la formación de sujetos pensantes, sino simplemente crear una base de consumidores de productos; un ejemplo claro: la ominosa televisora de San Ángel.

Nos creemos los spots, los comerciales, las estadísticas. Yo, contrario a lo que dicen, considero que México es un país de lectores, nada más que es muy poblado —y muy diverso. De  110 millones de habitantes, ¿cuántos leerán? Yo me aventuro a pensar que, al menos, el 60 %. Lo que pasa es que las estadísticas de lectura están basadas en la balanza de ventas de las librerías, de las editoriales, de las distribuidoras de libros. No perdamos de vista que en México hay un 80% de personas viviendo en pobreza, para quienes comprar un libro no implica adquirir un producto de primera necesidad.

Sobre el ejercicio lector, el público también es muy diverso, no todos leen libros: unos leen periódicos, revistas, comics, artículos de portales informáticos, fanzines, gacetas…

Respecto al quehacer concreto de promover la lectura, considero que hay que luchar para que, de una vez por todas, nos quitemos de la cabeza el prejuicio de que él que no lee es un bruto en automático. Sí, existe un grueso que no ha leído tres, cinco o diez libros; que no entiende que las telenovelas tienen una estructura de la poética aristotélica. Pero lejos de imponer la lectura como un “camino asfaltado” hacia el desarrollo, la invitación, que no la imposición de la lectura, puede crear el diálogo con el semejante, con el ciudadano de a pie.

Y regresamos necesariamente al punto que dio inicio a esta reflexión: el intercambio, la recomendación de mi semejante que también es lector, que da un salto de fe importante al prestarme o intercambiar un libro.  El libro y la lectura del mismo, es sólo el pretexto para ejercer el arte de la conversación con el otro.

Con sinceridad, ¿a quién le gusta que le prescriban moralmente sobre lo que tiene o no que hacer? Precisamente, la literatura es tan adictiva porque no prescribe nada moralmente; muestra situaciones, personajes e ideas y deja que el lector se forme un criterio propio. El único imperativo visible es el que enuncia Milan Kundera, en El arte de la novela: “mostrar una parcialidad de la existencia que no había sido vista o explorada”.

El fomento a la  lectura conlleva necesariamente dos condiciones ineludibles: generosidad y humildad.  Condiciones que en estos vaivenes posmodernos, son tan poco apreciadas. Pero, que para nada están alejadas de la condición humana.

Pero también, para quienes gusten de ser “lobos solitarios”, están las bibliotecas. Hablando nuevamente de una de las condiciones necesarias del fomento a la lectura: la generosidad. En Oaxaca, el Mtro. Francisco Toledo, artista plástico mundialmente reconocido, donó el acervo de dos bibliotecas conocidas nacionalmente como el IAGO. Libros que pueden ser consultados por todo el público sin distinciones de ningún tipo. Eso, por poner un ejemplo.

La lectura al igual que la ética es una decisión personal. Que sí revisamos bien nos dará más beneficios que lastres. Usted amigo(a) lector(a) tiene la última palabra al respecto.

Guillermo Guzmán, México.

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