» » » La Belle Époque y “El complot mongol” de Rafael Bernal

La Belle Époque y “El complot mongol” de Rafael Bernal

Guillermo Guzmán

Portalápices

Memoría Fotográfica, autor desconocido | Obtenida de: akllamas.com
Memoría Fotográfica, autor desconocido | Obtenida de: akllamas.com

Tengo que confesar que no soy gran fanático de los tops: “10 cosas que debes hacer antes de casarte”, “37 actitudes del hombre ideal”, “11 fotos que te sorprenderán”, “198 hábitos de las personas exitosas” y demás símiles. El sólo hecho de enumerar sugerencias de un redactor omnisciente a una perezosa audiencia lectora, me causa aversión. Las prescripciones morales me generan resistencia, al menos en la lengua escrita, como si la subjetividad de cada uno de nosotros los lectores no tuviera ya suficiente valor.

Para mí, estos textos son como los producto milagro, como esos menjurjes o bebedizos que ingenuamente se toma la gente para adelgazar, “sentirse bien” o para “ensanchar el musculo” —como si el ejercicio, la buena alimentación y el descanso no fueran suficientes.

La posmodernidad es tiempo de velocidad, ligereza e ideología light. Aforismos y filosofía de supermercado; conocimiento de fácil digestión; frases de escritores y filósofos en Facebook; o citas de libros que nunca se leyeron completos. Mi molestia sobre esto me recuerda al personaje de uno de mis cuentos que apodo el cascarrabias, un tipo al que le molesta que esta época sea tan superficial, pero él, no pudiendo hacer nada contra la avalancha de consumismo voraz, hace lo que cualquier persona “sensata” haría: amargarse, rumiar pensamientos y añorar su belle époque.

Llegamos a este punto necesario: la belle époque. Muchos consideramos que las épocas pasadas era mejor; esto se refleja en frases como: “antes era otra cosa”, “no, antes sí se divertía uno”, “antes todo era más seguro”, “había más dinero”. Es notable que uno de los parámetros para medir la belle époque, es la abundancia y la riqueza personal.

Mi belle époque la describiría de esta forma: los domingos mi papá nos llevaba, a mi hermano y a mí, a una fuente de sodas que se llamaba “Siete regiones”, donde comíamos papas fritas, malteadas, nos subíamos a los go karts y nos arrojábamos de una pequeña tirolesa.  También, de vez en cuando, íbamos a una heladería que se llamaba Santa Clara, donde había un carro con un tubo de bomberos en el que nos arremolinábamos, deslizándonos como si fuéramos héroes. Obviamente, como cualquier temporalidad, aquella belle époque tenía sus bemoles, por ejemplo: “no te acerques a los gitanos, o también llamados por mi abuela húngaros, porque se roban a los niños” —así es, señor lector, en aquella época pasaban caravanas de gitanos por mi casa. ¿Cómo olvidar al “Chupacabras”? Aquél ente irrumpía en las granjas y le succionaba la sangre a borregos, conejos, gallinas y vacas; una paranoia que se nutría de la ficción ¿Qué tal un candidato presidencial del partido oficial asesinado en Tijuana, en opacas circunstancias? Para aderezarlo, un fatídico “error de diciembre” y un rescate bancario que llevó a la ruina a miles de familias mexicanas.

Cada quien hace un balance de su belle époque y sabe, de antemano, sus  propios dividendos.  “No hay nada nuevo bajo el sol” recita el Eclesiastés, y coincido con esta apreciación: lo que se hace ahora ya se hizo con anterioridad, sólo que en esta recreación de acciones, cada quien deja su propia impronta. Algunos jugamos en las calles fútbol, otros, como mi padre, vieron nutrias en su poblado, algunos más, como mi abuela, comieron arroz con leche en hojas de totomoxtle.

Lo único que me da escalofríos es que los jóvenes de este 2015 recordarán de su belle époque cosas como: “antes las(los) chavas(os) sí te contestaban los what´s”; “para formalizar tu noviazgo, tenías que poner «En una relación con…» en Face”; o “Romeo, Julión Álvarez y el Komander, eso sí era música”. Pero bueno, al final cada quién sus cubas.

Lo importante de nuestros recuerdos es la conservación: asirse a ellos con ferocidad.  En tiempos líquidos, como diría Bauman, donde se privilegia la desaparición de la memoria histórica, el recuerdo se convierte en una condición necesaria de cualquier mente libre. Memoria histórica contra la liquidez de decálogos desafortunados que empuñan tiranuelos mexiquenses, por ejemplo.

Y toda esta disertación sobre memoria histórica, la belle époque y el recuerdo, sólo porque en uno de esos top´s que tanto aborrezco encontré uno que llamó mi atención: “25 novelas mexicanas que hay que leer”. Entre las que ya tuve la fortuna de leer —y otras que no—, me encontré con El Complot mongol de Rafael Bernal, considerada pionera de la novela policiaca en México.

Filiberto García es un militar retirado de la revolución mexicana que se ha convertido en detective; tipo duro, cuya función principal es ser pistolero del régimen. Esta historia se desarrolla en la Ciudad de México post-revolucionaria, enmarcada en el periodo del asesinato de John F. Kennedy. A Filiberto le es encomendado desentrañar un complot de la Mongolia exterior para asesinar al presidente de Estados Unidos durante una visita de estado. Ayudado por dos agentes secretos, uno de EUA y otro de Rusia,  se embarcan en una gesta donde nada es lo que parece

Plagada de mexicanismos, refranes y fragmentos de canciones; El complot mongol es una historia que, fiel al estilo de la novela policiaca, no dejará que el lector se despegue de ella ni un segundo. Una crítica mordaz a la corrupción y al despotismo del régimen mexicano en la voz de Filiberto García que pertenece al mismo anquilosado monolito. Un libro que no se arrepentirá de leer.

Guillermo Guzmán, México.

Más sobre el autor

Un comentario

  1. Ismael
    | Responder

    Mi belle époque…Primo que felicidad leerte. En efecto, cada uno somos producto de una época, llena de nostalgia por las noches transcurridas y las añoranzas. Lo que hicimos y dejamos de hacer, las aventuras y las alegrías…esa sinergia en las que poco a poco nos sumerge el entorno y que no alcanzamos a salir…
    Te mando un abrazo y mi admiración.

Dejar un comentario