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El kitsch y la indignación

Guillermo Guzmán

Portalápices

L'indifference, por Jorge Cárdenas.
L’indifference, por Jorge Cárdenas.

Desde hace algunas semanas, una idea ronda en mi cabeza: vivimos en una sociedad que desprecia profundamente la vida. Sin deternos en el debate sobre el pesimismo del autor, sería interesante hacer el ejercicio de interrogarnos al respecto. Al momento de redactar este texto, en Francia, después de los atentados terroristas de este trece de noviembre, según cifras de Le Monde hay 128 muertos y 257 heridos. La sociedad, en este momento, se vuelca en muestras de “apoyo” a través de redes sociales y demás. Una sociedad que, para mi gusto, es selectiva. Antes, fue Egipto con su primavera árabe, la gran diáspora siria por una cruenta guerra, la invasión a Palestina por parte del Estado israelí, los ataques a la revista Charlie Hebdo… y podríamos seguir la lista, y seguramente ver las muestras de “apoyo” vertidas en el universo binario. Hace cuestión de unas horas, terminé de leer La insoportable levedad del ser, una magistral novela de Milan Kundera. Considero que no pudo haber coincidencia más afortunada, ya que uno de los conceptos que más llamaron mi atención fue Kitsch, muy ad hoc para los hechos actuales. Cito textualmente:

“El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la Creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del water!), o hemos sido creados de un modo inaceptable.

De eso se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch.

Es una palabra alemana que nació en medio del sentimental siglo diecinueve y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia del uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurado: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.” (Kundera Milan, 1985).

“Un mundo donde la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese” ¿Será tal vez el caso nuestro? No crean que la idea de una sociedad que desprecia la vida me vino por los condenables hechos actuales. En mi caso, ha sido una rumia cotidiana desde que hace algunos años, en México el significado de la vida se ha vuelto tan incierto. En 2009 una guardería llamada ABC, en Sonora, México, fue arrasada por un incendio en opacas circunstancias, siniestro que acabó con la vida de 49 bebés y dejó 106 heridos más. Hasta el momento no ha habido ningún responsable procesado. En 2010, en Tamaulipas, México, fueron asesinados 72 migrantes centroamericanos, pero, como no tenían documentos de identificación y son considerandos “ciudadanos de segunda” por un sistema que los desprecia, nadie dijo nada. En 2014, en Iguala, Guerrero, México, un comando armado desapareció a 43 estudiantes normalistas, de los que al día de hoy nadie conoce el paradero. La desaseada investigación de las autoridades no hace más que enrarecer el ambiente. En México, desde que el beligerante Felipe Calderón emprendió su cuestionada “guerra” hasta el 2012, según cifras de Human Rights Watch, hubo 60,000 muertos; muchos medios internacionales mencionan miles de víctimas más.

Tal vez, algunos dirán que es exageración de un servidor lanzar la idea de que vivimos en una sociedad que desprecia la vida. Pero en el ámbito local, podemos encontrar variados ejemplos de ello: ¿Cuántos automovilistas se pasan el semáforo en rojo sin importar que haya peatones pasando? ¿Cuantos peatones se pasan en lugares prohibidos? ¿Cuántos automovilistas manejan alcoholizados o bajo la influencia de narcóticos? ¿Cuantos asesinatos por riñas de bar o deportivas? ¿Cuáles son los tópicos de la música popular mexicana? ¿Cuál es la temática de los programas televisivos?

En Oaxaca, una ciudad aparentemente tranquila, la semana pasada, un entrenador de basquetbol fue asesinado, tan sólo porque al padre de una niña no le pareció que su hija no alineara de titular en un juego. Otro ejemplo más: Delincuentes que cada vez son más cruentos y acaban con la vida de una persona sólo por robarle un teléfono celular.

Pero el ejemplo más importante: seguimos manteniendo todos los contribuyentes, a nefastas instituciones que lejos de protegernos y procurar un clima de legalidad, son parte flagrante del problema y no de la solución ¿No radicará también en nosotros un profundo desprecio por la vida?

Regresando al concepto de Kundera: el kitsch. El kitsch es la actitud de presenciar el horror desde la comodidad de nuestras pantallas, mostrar apoyo e inmediatamente olvidarlo. “El kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable”. El Kitsch le gusta la simulación, cuando ve “Las barbas de su vecino cortar, ni siquiera, ni por asomo, pondrá las suyas a remojar” El kitsch le gusta la desgracia “de mundo” tan chic, tan cool, pero desprecia el lugar donde pernocta con todas sus falencias.

¿Qué tan Kitsch somos?

Guillermo Guzmán, México.

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Un comentario

  1. FoG
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    Excelente post!

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