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La decadencia del signo de la decadencia

Julio Toledo

Moros con tranchetes

A young girl, pintura en acrílico, autor: desconocido.
A young girl, pintura en acrílico, autor: desconocido.

Todavía recuerdo, con el asombro de lo místico, la primera vez que escuché sobre el signo. Me dediqué por un tiempo a recopilar definiciones que me permitieran entender a cabalidad lo que carambas era. De todas, una, la más sencilla, me entusiasma por su ambigua bastedad: el signo es, en suma, algo que está en representación de otra cosa que no.

Me acostumbré, desde entonces, a vivir con la “enfermedad” de lo simbólico. Todo me pareció, desde ese momento, potencialmente la representación de otra cosa. Las casas, los autos, los miles de gestos acumulados en el colectivo o en salones de clases; incluso la azarosa disposición de las betas de los árboles me pareció que estaba hablando de algo más. El fuego es esto, o aquello, u otra cosa más compleja: nunca nada podía ser —así lo manda el canon— sencillamente lo que era. Me convencí de que cada persona es solamente un discreto anuncio, sujeto de interpretación, de la catástrofe que el futuro aguarda para sí. El personaje que vemos caminar en tal o cual serie de tv; o en los libros (aquellos que todavía los acostumbran) en realidad están muertos al mismo tiempo que hablan. Es decir, estarán muertos apenas se avance un poco en la historia, y lo que aparece ante nosotros en el “presente” no es sino el guiño de su propia muerte que nos enfila hacia allá, pero se solaza en soltar hilo para que juguemos a tener entre las manos aquello que llamamos realidad.

La realidad tirana se ha empeñado en abolir dicho proceso. No le parece, porque la pone ansiosa que una cosa pueda ser otra. En qué mundo de locos fumarse un cigarro representa algo más. Que el “no” sea siempre negación, manda a decir la realidad. Que el número de votos en la urna sea signo, nada más, de electores convencidos. Y desfallece la realidad con sus lacayos cada vez que alguien dice lo contrario, cada vez que alguien cuestiona el proyecto de urbanismo (por sospechar que es signo de intenciones mercantiles, oscuras y corruptas). No acepta entrelíneas por creerlas más bien hechicerías, especulaciones, vacías conjeturas. Y no saben, no quieren saber, no les importa, que todo lo que llaman realidad, verdad (histórica) irrefutable es sólo signo cada vez más visible de su pobre estupidez y podredumbre. Aman únicamente el poder en lo inmediato, y el dinero que es, a pesar nuestro, poder. De eso están hecho sus creencias

Y la realidad, como creemos conocerla, no es sino el signo procaz de la tragedia. Ahora mismo nos parece que el país es la ruina (que ves) de otros mejores tiempos. Nos dolemos o enfadamos por lo que otros hicieron en su presente (pasado nuestro) para conducirnos a esta actualidad de oprobios. Pero en realidad estamos frente al suspenso de lo que vendrá; si nos detenemos a mirar con cuidado todo eso, podremos quizá inferir algunos rasgos de la proporción del daño que se aguarda para nosotros allá en los años venideros. Han querido aniquilar el signo y en ello han dejado al descubierto su cochinero, la decadencia que se nos viene por haber dejado de interpretar.

Julio César Toledo, México.

Un comentario

  1. Jacquelyn
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