Nunca volver

Julio Cesar Toledo

Moros con tranchetes

Star Wars

Sube la marea: hay que partir, volver

nunca volver…

Ernesto de la Peña

 

Soy partidario de la melancolía. Vuelvo esporádicamente a ciertas calles donde mi infancia corrió y busco en los viejos árboles alguna señal de aquellos años donde todo era nuevo y por descubrir. A solas escucho Fascination Street de The Cure, para ver si en sus notas encuentro algo del fuego adolescente con el que me prometí conquistar el mundo —que entonces era solamente una chica que vivía a la vuelta. A pesar de todo ello, odio la creciente sobrevaloración de lo llamado retro.

Me enfada la soltura con que publicistas y cineastas usan el pasado para reinterpretar y poner al día las ideas que moldearon nuestro pasado. No hablo de las interpretaciones; Shakespeare, en ese caso, estaría condenado al abandono. Es el uso de lo hecho lo que me enfada, como si hubiese necesidad de decir que lo que antes se hizo, hoy puede ser mejor, con más tecnología y colores de alta definición.

Los ejemplos sobran, pero voy a hablar de Star Wars (el despertar de la fuerza), sólo por el capricho de creer que es mi obligación. Fui a verla como lo manda el canon de todo fan villamelón. Mi alma, que anheló conocimientos Jedi por años, quedó destrozada. No es que no me gustara; comprendo la filosofía que hay detrás de las sagas: la progresión de la historia, evolución de personajes, incluso los recursos técnicos con los que las historias se cuentan, avanzan. Pero me pareció que asistí, más que al evento anunciado por meses, al indiscutible (y triste) final de una época. Y entonces sí me puse melancólico.

No vi la evolución de aquello que nos contaron en la infancia, sino una superposición de elementos que buscaban a gritos embonar, sólo en su forma, con otros, icónicos y monolíticos, desgastadísimos por el tiempo. Guiños incompletos que no pasaban de ser la infinitésima narración de la proeza cuya repetición despoja de valor semántico, no sólo lo contado, también lo hecho. Acaso descubrimos un mediano placer en los actores que, como en reunión generacional, acudieron con sus uniformes ajustados y deslavados en aras de honrar aquellos tiempos. No hay cenizas donde fundar el futuro, nos las acabamos a fuerza explotar fénix minúsculos que pudieran darnos ganancias moderadas durante un tiempo razonable. Así, hemos hecho de nuestros recuerdos, de nuestra posibilidad de ponernos de vez en cuando cursis y volver a solas a la oscura melancolía de lo anterior, una industria que, a destajo, remasteriza con el afán de restregarnos lo maravilloso que es el presente, donde hasta el pasado es mejor.

Tengo la sensación, ante esto, que nos hemos atascado en la velocidad en la que crecemos o avanzamos. Nuestro afán de adultez está ligado a la manipulación consciente que queremos hacer de nuestra propia infancia: llegar para volver y mejorar lo que fuimos. Nunca para estar, nunca para huir; siempre para volver, y disculpar, justificar acaso, todo lo que dejamos de hacer.

La única fe que nos queda intacta es la de que algo, una fuerza, despierte de manera sorprendente y espontánea y nos devuelva el gusto por lo que somos y no por lo que podemos ser con lo que fuimos.

 

Julio César Toledo, México.

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