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La muerte por estupidez

Eleutheria lekona

Ambivalencias

ABC

Si uno piensa en la cantidad de niños menores de cuatro años que mueren anualmente, seguramente se encontrará con una cifra no menor. Muchos niños están ahora mismo librando una batalla contra la leucemia o algún otro tipo de cáncer; algunos otros morirán o están muriendo de desnutrición. Otros, morirán víctimas en un bombardeo. Otros, por una infección que era perfectamente curable pero que, debido a la ignorancia de sus padres, no pudo ser detectada a tiempo. Otros más murieron y morirán por esta ya añeja y ancestral infantilización de la pobreza. Otros, en un accidente. Y, en fin, parece que por motivos no tenemos por qué preocuparnos. Los hay y son de una eficacia sin parangón.

La muerte acecha a todos y a todo. Quizá el azar esté íntimamente ligado a ella, pero también el determinismo: todos los seres vivos estaremos algún día muertos. Quizá lo más característico de la vida es eso, la ausencia de muerte, de cese de las funciones biológicas; la negación de la muerte y, al mismo tiempo, su complemento. La vida no se explica ni se entiende sin la muerte.

Lo animado, las pulsaciones, el ritmo respiratorio, la sangre circulando en las venas, el cabello sedoso y brillante, las uñas creciendo, el ritmo cardíaco, este funcionar biológico —especie de mecanismo de relojería— con su período de vida útil. Y el período de vida útil puede llegar a extenderse si somos lo suficientemente disciplinados y cautos y si, además, el azar nos favorece.

Todo esto que es tan natural —la muerte—, tan consustancial a nuestra existencia causa, sin embargo, gran dolor en miles y miles de humanos. Hay los que, obsesionados con el tema, no lo abandonaremos nunca —en sus diferentes formas— en nuestras cavilaciones.

¿Qué es lo que podríamos esperar de la muerte? Que llegue en una hora amable, que nos tome entre sus brazos cuando la juventud todavía nos arrope (hay los que prefieren vivir muchos años y hay, también, los que, pudorosos y poderosos, se la auto infligen) o que llegue no a consecuencia de la estupidez. Y ya ni hablar de los románticos que todo lo que piden es morir habiendo conocido el amor o de los espíritus ilustrados, etc.

Justo estos altermundistas que somos, éstos que consumimos nuestras horas en clamores, lamentos e increpaciones, pero también en acciones (algunos más que otros, mucho más que otros) contra el sistema global-neoliberal vemos cómo la muerte llega gratis y sin muchos motivos a miles de almas humanas, cómo —a consecuencia de las prácticas de este sistema— la cota anual de muertos (por hambre, por pauperización, por excesos consumistas, por guerra, etc.) es ingente. Pero si somos honestos y revisamos la Historia, nos percatamos de que, en todos los períodos de la humanidad, estas muertes gratuitas, debidas a la estupidez del hombre, han sido no sólo numerosas, sino una peculiaridad distintiva del período. Entonces la experiencia nos lleva a concluir que hay una especie de rasgo tanatoide en la especie humana, que la muerte nos acecha más de lo que racionalmente uno esperaría no sólo por una suerte de azar, sino porque nosotros estamos en plena capacidad de asesinarnos mutuamente; entonces, nos parecemos más a las otras especies de lo que podríamos creer.

Pero aquí no acaba la cosa.

Miles de humanos nos preguntamos con honestidad, ¿debe ésto ser así? ¿Qué no, en tanto portadores de una cualidad de orden superior —el pensamiento—, tendríamos que exhibir un comportamiento distinto? Y ¿cómo es posible que haya personas que puedan asesinar a otras? ¿Y cómo es posible que haya espíritus menores siempre ajenos al dolor humano?

Yo sé, yo sé que el sufrimiento ajeno, que las muertes por estupidez no tienen por qué paralizar nuestras vidas; las almas alegres no son las que ejecutan o planean estas muertes, mas yo pregunto, ¿qué no, si estamos inmersos en la inacción, apatía e indiferencia, dejamos en manos de unos pocos oligofrénicos decisiones que al colectivo completo nos afectan y atañen?

Yo no sé si estoy en calidad de pedir, no sé si mi actuación individual me confiera de la suficiente calidad moral como para pedir cosas a otros, no sé si lo que doy o he dado sea buena moneda para pagar (aunque no estoy segura de si haya un estándar para medir qué, cómo y quién retribuye más a esta sociedad; somos una sociedad de imágenes y exigimos “pruebas fehacientes” de nuestras contribuciones, como el pago de impuestos).

Lo que quiero es DECIR, PEDIR, TRANSMITIR una idea: se admite que nos regodeemos en nuestra individualidad, se admite que amemos nuestros pensamientos, nuestras horas de felicidad, nuestro ser, lo que somos, etc. y, SIN EMBARGO, eso no tiene por qué justificar —no tendría por qué hacerlo— que no miremos lo que ocurre a nuestro alrededor y tratar de hacer algo si sabemos que ese algo puede, pudiera liberar de un mal o un peligro a alguien.

¿En qué medida la muerte por estupidez de los niños de ABC pudo haber sido evitada si la sociedad hubiese (mos) estado más al pendiente de la existencia de este tipo de guarderías, de las ominosas reformas a seguridad social que se han perpetrado estos últimos años durante los gobiernos tecnócratas y que han dado cabida a la concesión de este tipo de espacios a particulares sin las consiguientes medidas de seguridad?

Las cosas ya pasaron, la muerte de estos niños es. Ninguna proclama por venganza, ningún clamor de justicia les restituirá de sus vidas y yo dudo que los padres de estas criaturas encuentren alguna vez consuelo.

En muchos sentidos, toda la sociedad de este país compartimos responsabilidad con los padres y el gobierno (usurpador) por la muerte de estos niños.

La muerte por estupidez requiere de la participación del hombre porque la estupidez es sólo posible en nuestra especie. No me cabe duda de que también hay taras en la naturaleza y desconozco los mecanismos de surgimiento y cese de las mismas; mas hay una certeza que sí poseo: la humanidad está dotada (potencialmente dotada, quizá) para el pensamiento. Yo creo que potenciar dicha capacidad, nos puede ayudar a disminuir el malestar y la estupidez.

A pesar de parecer estar habitualmente poseída por un cierto pesimismo, lo cierto es que creo en la humanidad. Creo en el hombre. Y esta confianza me anima a seguir aquí.

 

Publicado el Sábado, 5 de junio de 2010

Eleutheria Lekona, Estados Unidos.

Puedes consultar el artículo original aquí.

 

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