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Todos tenemos un alumno

Elvis Alejandro Zorrilla

Cartas abiertas

"La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo", Nelson Mandela
“La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”, Nelson Mandela

Lo confieso: Nunca quise ser docente. Creía que no tenía nada de profesor y los encuentros con mis futuros estudiantes me producirían una considerable tensión. Pero ya ha pasado mucha agua bajo el puente y puedo decir, en suma, que valió la pena; me he divertido.

¿Que cómo decidí ser docente? La historia es tan larga que posiblemente te seguiría aburriendo. Hoy, por primera vez, he decidido escribir a mis estudiantes, a aquellos que se encargaron de enseñarme más que cualquier libro; a aquellos que me recibieron con miradas que hasta el más optimista se daría por vencido; a aquellos que fueron testigos de mis incoherencias verbales; a aquellos que se aburrieron de mis repetidos consejos, pero luego el tiempo les hizo entender que estaba siendo honesto; a aquellos que me pedían “favores”, sabiendo que me rehusaría a dárselos; a aquellos que, por primera vez, revelaron a una persona mayor que estaban enamorados; a aquellos que me alzaron la voz y que luego tuvieron que pedirme disculpas; a aquellos que hicieron todo lo contrario a lo que se les había indicado en clase; a aquellos que se sentaban al final para la chacota; a aquellos que me criticaron pensando que me harían un gran daño, pero no sabían que me enriquecían más de lo que creían; a aquellos que me vieron caer por las escaleras a causa de mi nerviosismo; a aquellos que lloraron para que no les apunte en la agenda sobre su mal comportamiento en clase; a aquellos que me amenazaron diciendo que llamarían a su papá si no les devolvía el iPod; o a aquellos que no se reían de mis chistes.

También a aquellos que les encantaban mis ironías y a los tuve que quitarles el celular reiteradas veces. A aquellos que pensaron que, por invitarme una Coca-Cola y una hamburguesa, saldrían bien en mi curso; a aquellos que creyeron que no sabía que me habían puesto sobrenombres; a aquellos que secretamente me pedían consejos para saber cómo empezar una buena relación con sus padres; a aquellos que tuvieron que pagar las consecuencias de un año sabático y a aquellos que odiaban mi curso, pero curiosamente al final del año me daban las gracias por la paciencia.

Este texto también está dedicado a aquellos que salieron a recitar el poema Elegía para ti y para mí, de José Ángel Buesa; a aquellos que me hablaron mal de otro profesor; a aquellos que lloraron porque sus padres habían decidido tomar distintos rumbos; a aquellos que no querían saber nada de la vida y ahora la disfrutan cada segundo; a aquellos que me pedían que les recomendara libros, cuando ni siquiera había leído tanto; a aquellos que dieron la clase cuando mi fuerza había desaparecido; a aquellos que me prestaban plumones para escribir las tareas cuando a mí ya se me había acabado la tinta y las ganas; a aquellos que eran mi agenda al hacerme acordar que tenía que revisar las tareas o que había una práctica pendiente; a aquellos que siguen confiando en mí a pesar de los kilómetros de distancia; a aquellos que siguen pidiéndome los mismos consejos; a aquellos que una vez me dijeron que me odiaban o que era su peor profesor; a aquellos que se perdieron en un eterno silencio; a aquellos que aún se siguen sintiendo solos en la ciudad más poblada del país y a todos que me inspiraron para escribir esta nota.

No me gusta hablar de mí, pero a estas alturas de la vida, me doy cuenta que en el mí están ellos también.

El primer día de clases me tocaba con 5to de secundaria. Faltaba un mes para cumplir 18 años y tenía tanto miedo como la primera vez que me enfrenté a un examen de admisión. Ese día, lo recuerdo claramente, el profesor Julio Cordero (que ya descansa para siempre) me presentó de tal manera que el poco nerviosismo que sentía llegó a apoderarse completamente de mí. En ese momento deseaba que nunca cruzara el umbral de la puerta, que se quedara durante las dos horas presentándome pero fue en vano, ello duró un minuto. Luego se fue entre risas dejándome con más de 20 estudiantes…mis primeros estudiantes. Desde ese momento, con mucho miedo de fallar, emprendí un viaje que no me arrepiento en lo absoluto.

Me he dado cuenta que solo sirvo para servir. El tiempo es como un cáncer que avanza y yo sigo divirtiéndome al compás sus risas. Sigo creyendo que aún falta mejorar.

Un poeta medieval dijo: “Oh, qué buenos alumnos si tuviesen tan buen profesor”. Hoy te escribo a ti, querido alumno, que destapaste mi inspiración.

 

Elvis Alejandro Zorrilla, Perú.

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