Debacle de la locura

Eduardo Arellán

Sombras de mi país

Maduro

La locura no se puede encontrar en estado salvaje. La locura no existe sino en una sociedad, ella no existe por fuera de las formas de la sensibilidad que la aíslan y de las formas de repulsión que la excluyen o la capturan”

Michel Foucault en Historia de la locura en la época clásica.

La sensibilidad epidemiológica es la facultad que tenemos los seres humanos para detectar la enfermedad y la locura en otros seres a través de ciertas acciones y comportamientos. Pues bien, este 5 de enero pudimos presenciar a la locura perder el poder de la Asamblea Nacional (AN) y de sus propias mentes. Cincuenta y cuatro diputados que abandonaron el hemiciclo en señal de protesta; protestan que la cordura regresó a la Asamblea, y con más peso que nunca. A pesar del pataleo incesante del dueño del manicomio, el presidente Maduro, y de los grupos extremistas del chavismo, este nuevo parlamento se instaló para cumplir con el mandato de la sociedad que con su voto le dijo basta a los “anormales”.

Eran las 8 de la mañana, y ya los simpatizantes de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) llegaban a la esquina histórica de La Hoyada, ubicada en el centro de Caracas, para respaldar a sus 112 diputados. El ambiente es tenso, a pesar de la todavía poca gente. Comercios en su mayoría no abren y dejan sus puertas hacia abajo, como si quisieran cuidarse de una implacable guerra que se avecina, de un caos generalizado, o de un huracán que buscará devorar los almacenes. A las 9 se había confirmado el cierre de las estaciones de metro aledaños a las concentraciones del sector opositor y chavista, ubicados a pocos metros, casi centímetros de separación.

En Venezuela siempre nos engañamos a través de las imágenes. Sabemos que Caracas es un desorden generalizado, pero nos encanta enfocarnos con la montaña El Ávila como único emblema que identifica la ciudad, como único justificativo para seguir viviendo en este valle de balas. Cuando perteneces a un bando político, siempre estás sujeto a averiguar si tus adversarios llenaron una avenida, que si tal calle, que si tenían poca gente, que si mucha, que si fotomontaje. En fin, decidí lanzarme, yo mismo, a la concentración del chavismo en la Plaza Bolívar para conocer lo que sucedía allí y que no me lo contaran otros. Guardamos todo distintivo alusivo a la oposición y junto a un amigo nos enrumbamos. El trayecto hacia la concentración fue apenas 4 cuadras, llenas de Guardias Nacionales [policías anti disturbio] y un casco histórico de Caracas totalmente desierto. Una soledad envestía el centro, pero era una soledad que molestaba y producía terror al mismo tiempo. Era el sitio neutral en donde los ciudadanos transitaban, como una tregua obligatoria para pasar hacia la otra calle.

Al llegar a la Plaza Bolívar, mi amigo me avisó que no podíamos estar mucho tiempo ahí. Si se prendía cualquier problema, íbamos, decía él, ”a quedar del lado incorrecto de la historia”. Dimos sólo una vuelta. Se escuchaban las consignas repetitivas del chavismo en los altavoces que instalaron. Todos totalmente vestidos de rojo, desafiantes ante cualquier diputado opositor que pasara cerca de su área, de su zona de confort. En las paredes se leían graffitis “Territorio chavista”. Yo me preguntó ¿Territorio chavista una ciudad en donde sacaron menos del 40% de los votos? Como dice el poeta inglés Samuel Johnson, “Cualquier preponderancia de la fantasía sobre la razón es un grado de locura.”

Con la llegada de un sinfín de motorizados y miembros de colectivos armados, decidimos que esta incursión se tenía que acabar y debíamos volver por donde vinimos. El extremismo chavista abruma con su llegada de motos, mientras queman cauchos y con un morral chico de lado que denota la presencia certera de que algo esconden ahí, y sabemos que no son caramelos.

Ya a las 11 de la mañana, todos los diputados habían entrado al hemiciclo y se instalaba la nueva Asamblea Nacional. Me devolví a la casa para ver el espectáculo que darían, como sabíamos la mayoría de los venezolanos, la bancada del oficialismo. Termina así otro día de calle.

Una explicación de lo que sucedió en la sesión del nuevo parlamento se resume en que el gobierno entendió, de manera tardía, la magnitud de la derrota que le propició el pueblo de Venezuela al ver a 109 diputados juramentarse [de los 112] y copar más del 60% del hemiciclo. La locura brotó en los ojos del ex-presidente de la AN, Diosdado Cabello, al ver juramentado a un señor como Henry Ramos Allup, referente directo del tradicional partido venezolano socialdemócrata Acción Democrática (AD), y ocupar la silla en donde él se sentía el dueño de la palabra y de la verdad. Con un fervor militarista y autoritaria, Diosdado Cabello hizo y deshizo todo a su alcance para tener más y más poder, pero el alcance de su mentira fue mínima, y quedó demostrado al perder en un Estado que fue tradicionalmente chavista, como lo es Monagas, al oriente del país.

Henry Ramos Allup, el nuevo presidente de la AN, comenzaba su discurso desmantelando las opiniones del chavismo, que vociferaban a ultranza que “sin rostro nuevo no hay cambio”. Citando una célebre frase de Rómulo Betancourt, en donde explica que se debe desconfiar en aquellas personas que en el curriculum no tenían otra cosa sino la edad como una virtud para poder ocupar un cargo, dijo Ramos Allup: “El cambio no es cuestión de calendario. […] No es una cosa etaria ni cronológica, es un hecho de cambio de actitud, de cambio de sistema; se cambiar lo que está mal, muy mal, y derivará en peor”. También mencionó la agenda inmediata de los diputados de la MUD: 1. “Recuperar la autonomía de este poder legislativo para que sea el poder autónomo que no ha sido estos 17 años”; 2. “Ofrecimos una ley emblemática, una ley de amnistía”; y 3. “Buscar nosotros, dentro del lapso de seis meses, una salida constitucional, democrática, pacífica y electoral de este gobierno”.

La oposición venezolana se mueve a pasos apresurados, pero firmes contra un poder presidencial que se desmorona como un castillo de naipes y cae en el peine de la desesperación y de la locura irreconciliable con la realidad. Poco a poco, las fisuras internas del PSUV serán una grieta imposible de ocultar ante la opinión pública y ante el mundo.

Las bases del chavismo piden cese de la burocracia generalizada y del militarismo en el “proceso revolucionario”, pero, al parecer, Maduro no le gusta la crítica, y menos de su bando. La élite del PSUV se alejó de su propia gente. Mientras ellos salen en camionetas Toyota 4Runners del año, blindadas, el pueblo —aquél que votó una vez por Chávez, y que le aplaudió muchas cosas— busca desesperadamente una solución a la escasez, al temor de caminar de noche por las balas infames de la delincuencia. Ese pueblo busca una representación y se dio cuenta que no puede ser representada por aquellos que hablan de una guerra económica, de una guerra psicológica; en fin, de no hacerse cargo de los problemas y atribuirlos a “enemigos internos y externos”.

Foucault decía que la esquizofrenia puede llegar a ser el punto máximo de la enfermedad mental y de los “anormales”. La esquizofrenia es —según Foucault— el producto de un conflicto real con la existencia, es decir, esa persona que pierde el contacto con la realidad y provoca alucinaciones de estímulos y efectos que siente real, pero en verdad no existe. En Venezuela, la locura mandó por 17 años, pero hoy la desorientación es peor que nunca, a tal punto de llegar a la esquizofrenia de ver cosas que no son: decir que son mayoría, que la oposición tenía una ventaja descarada en las elecciones del 6-D, que acá ganaron “los malos” y demás falacias que no hacen más que agudizar la caída del apoyo popular, pero que ellos se creen por su condición de anormales.

Se avecina una crisis de gobernabilidad y choque de poderes que agudizará aún más la economía y el poder de actuar de la oposición ante los males del país. Las miradas de venezolanos estará en las leyes y decretos que anuncie la nueva AN, pero también del Tribunal Supremo de Justicia [máximo órgano rector del Poder Judicial], que el gobierno pretende usar como muro para aprobación de las leyes que impulse la MUD. Pero esto haría no más que encauzar un referendo revocatorio a Maduro, a menos de un año de la peor derrota jamás sufrida por el chavismo, con un apoyo de apenas 41% de los venezolanos. La firmeza de millones de venezolanos logró que este sea el inicio de una debacle, sí, la debacle de las mentiras, del miedo, las amenazas, el autoritarismo; sí, la esperada debacle de la locura.

Eduardo Arellán, Venezuela.

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