Somos dependientes

Mauricio Gallardo

Rajoy

Una vez que el equilibrio demuestra que la seguidilla de manifestaciones —creadas especialmente en los asientos parlamentarios— dicen, entre otras cosas, que el poder no tiene mas que un par de ideas y que todo depende del entorno; entonces decimos con un poco de preocupación que lo mejor comienza con una clara y objetiva negociación. Sabemos que ello no solo tiene que ver con aquello que puede comprar más público y que el bien cumpla su normal propósito cuando las fuerzas de cualquier coalición den por sentado que sus doctrinas están bien consideradas, o bien, que el aspecto de sanidad política siempre tiene —aunque sea estética— una relevancia no menor.

Asumir esta realidad no tiene nada que ver con los ideales que se vean comprometidos, sea históricamente o lo que ocurra en la contingencia de los partidos que se sientan involucrados. La fascinación por conseguir el poder, es decir, contar con todas las visiones en un mismo planteamiento, sugiere a ratos que la realidad sea reconocida a la brevedad. Así entonces, discursos de peso objetivo son muy bienvenidos a la hora de medir cuán bien podremos estar hoy, pero también mañana. Santo remedio, dicen, para ganar confianza.

El total de los personajes públicos se atreven a compartir que, si bien el poder al cual representan tiene condiciones visibles de acuerdos, lo más conveniente por ahora es que aquello no se contradiga con los hechos y planes que, por mucho que se predique, tenga consistencia no solo en el ámbito de sus políticas, sobretodo en el bien común que ello compromete. De esa forma, podemos hablar a corto plazo de metas cumplidas y no de programas por concretar. La economía, entre tanto, está haciendo lo suyo no contraviniendo los sueños de cualquier organización pública o privada, más bien, fomentando el ansiado buen gusto.

Las advertencias se suman en un mundo que es totalmente demandado por constantes equilibrios. Ante ello, es mejor demostrar que el poder es un beneficio y no un mal que traerá mayores desajustes. En este espacio no encontramos: donde la marea está un poco inquieta, los vientos cada vez notan sutilmente mayor fuerza y, en consecuencia, no nos daremos cuenta cuando se configuren los elementos para advertir que lo mejor es retener por un tiempo lo propuesto, hasta que las brisas indiquen el momento apropiado. Este ejercicio es muy común desde el punto de vista de la historia de las naciones, por tanto, se espera algo más que objetividad en este escenario.

La hispanidad y su nación principal —entre reinados y políticas nacionales— trata de sobrevivir a este desajuste que por lo pronto promete un tiempo no menor en cuanto a volver a la normalidad. Tal parece que esta condición es mayor a lo esperado, ya que el tiempo de adaptación nota cierta dilatación. Los cambios en el camino tienen mucho que ver con cómo mantener calidad de vida pero sin perder de vista la realidad productiva y económica que le acompaña; es esto lo que tiene de cabeza a los líderes mundiales.

A decir verdad, todo esto son defectos propios que nacen precisamente de un prolongado enriquecimiento, pero al mismo tiempo descontrol de sus promotores. Eso ocurre en cualquier parte del mundo. Por ahora es mejor detallar lo que significa esto en calidad de experiencia o mejor dicho, aprendizajes pendientes. Con ello, una seguidilla de declaraciones expertas advierten casi siempre lo que debe ser principal a la hora de decidir: el priorizar las políticas sociales y no nuevamente sugerir la concentración en la simple privatización de sus bienes y servicios.

En términos económicos, la amenaza —sea en tiempos de vacas gordas o flacas— siempre está; no importa la condición, simplemente se propone saber convivir con tal presión. En ello encontramos que la política sí tiene sentido, es decir, la forma en que son tratados los temas de crisis, que pasan necesariamente por cómo son vistos los sistemas sociales y políticas de control asociados. La prioridad está en saber medir y también medirse. Claro que lo ideal siempre compone en teoría que lo mejor es el sistema de representación, pero ¿qué pasa si, a su vez, este sufre un serio desequilibrio? Es lo que hoy está ocurriendo en España.

Nada es más beneficioso que hablar con claridad… oficialmente. Ante esto, lo que queda en el camino es decidir no inmiscuirse en una batalla de quién tiene más poder, si lo público o privado, porque no hace más que dañar aún más lo poco que queda de fluidez económica. La calidad principalmente pasa por cómo nos comprometemos socialmente, sin importar de donde provienen las señales, respondiendo, por cierto, el fin con que esto abre caminos. Ocasionalmente se habla de tales condiciones. O mejor dicho: siempre cuando estamos en una nueva crisis, especialmente social; pero eso no significa que la autonomía de uno u otro bando —y en cualquier circunstancia— estaría garantizada, pues reconozcamos que, definitivamente, todos somos dependientes.

 

Mauricio Gallardo, Chile.

 

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