La decisión de irse

Eduardo Arellán

Sombras de mi país

Cromointerferencia

Soy parte de esta juventud venezolana que ha sido golpeada por la crisis política y económica; no sólo provocada por las arterias del orden chavista, sino por la ignorancia que nos embarga en nuestra soledad. Soy parte de una juventud que lucha por su independencia, por crecer como es tan normal en la mayoría de los países de América Latina, pero también pertenezco a una juventud que ha dejado endeudada a la sociedad. No somos precisamente la Generación de 1928, la que luchó hasta la saciedad contra la dictadura del General Juan Vicente Gómez, quien gobernó Venezuela de 1908 a 1935 con mano de hierro. De esa generación nacieron los grandes precursores del sistema democrático venezolano, que fue un ejemplo para toda Iberoamérica; políticos como Rómulo Betancourt, Jovito Villalba y Raúl Leoni se dedicaron a reconstruir el país a partir de sus diferencias, pero con un gran pacto nacional contra la barbarie y los autoritarismos latinoamericanos, que tanto daño le hicieron a la historia latinoamericana a mediados de siglo XX.

Es cierto, no somos esa generación de intelectuales que se preocupaban y estudiaban hasta el cansancio porque creían que la lectura era una forma de liberación y de rebeldía, incluso más poderosa que coger un fusil. Es cierto, los jóvenes venezolanos en la actualidad no somos esos mártires de la democracia que tuvimos hace más de 40 años. Pero, precisamente, no queremos ser mártires, sólo que nos devuelvan algo que siempre fue nuestro, y que heredamos de las generaciones pasadas: la libertad.

Hace poco me tocó despedir a mi hermana en el aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía; su partida significó vivir en carne propia la ida de un ser querido lejos de su tierra para crecer afuera. Graduada de la Universidad, y con un trabajo estable, aun así, mi hermana no podía hacer su vida de adulto, culpa de una inflación que el año pasado cerró en más del 200%, un salario mínimo de apenas 12 dólares y 17 años de muy malas políticas económica, creando esta situación donde los venezolanos hemos tenido que emigrar, cosa por la que nunca habíamos pasado como sociedad, ni siquiera durante la feroz dictadura de Pérez Jimenez en los cincuenta. Todavía quienes nos gobiernan creen que tienen el toro agarrado por los cuernos, que la ‘’mayoría del país’’ los apoya, que la culpa es de la Derecha Internacional; cuando ellos se han convertido en los mismos seres totalitarios que alguna vez gobernaron América Latina con puño de hierro en el siglo XX; Onganía y Videla en Argentina, Pinochet en Chile, Stroessner en Paraguay, el PRI en México. Todos ellos, al igual que el chavismo, obligaron a la juventud de entonces a dejar el país y tener que alejarse de sus tierras.

El chavismo nunca se ha distanciado de aquellas dictaduras militares que llenaron de oscurantismo el siglo XX en América Latina. En ambos casos está presente el discurso controlador, el accionar mesiánico y la voluntad totalitaria de vaciar el país de nuevas voces e ideas que hagan progresar a Venezuela; le tienen miedo a la innovación que trae los nuevos liderazgos.

El piso del pasillo en el área internacional del aeropuerto Simón Bolívar está adornado con la obra de Cromointerferencia color aditivo, una creación de Carlos Cruz-Diez, representante máximo del arte plástico venezolano y del mundo. Aquella obra se ha convertido en un símbolo de los venezolanos, un símbolo de despedida que se ha vuelto viral en redes sociales. Fotos en Instagram de aquella bella obra denotan la partida de un venezolano más y de un sentimiento que no deja de aparecer en nuestras redes sociales. En una entrevista que le hicieron hace un tiempo en París, Cruz-Diez habló de cómo le ha dolido que su obra se haya convertido en una vivencia de despedida, en ese símbolo que para los venezolanos automáticamente le recuerda a los miles de familiares y amigos que han tenido que emigrar. Hace poco lo viví, y fue para mi familia una especie de mezcla entre nostalgia y esperanza de que mi hermana pudiera salir del país a buscar otro rumbo. Nostálgicos por tener que dejar de convivir con ella un tiempo largo, pero esperanzados de que va a cosechar éxitos en otras latitudes.

Y es que en este preciso instante la inmensa mayoría de los venezolanos nos sentimos así: nostálgicos por una Venezuela que alguna vez significó el ejemplo de una democracia y, al mismo tiempo, esperanzados de que este oscuro pasaje de la historia se acabé más pronto que tarde y podamos ver de nuevo a aquellos familiares que alguna vez se fueron, regresando por la misma puerta en la que los despedimos.

Eduardo Arellán, Venezuela.

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