Tristeza semántica

Julio César Toledo

Moros con tranchetes

Y sin embargo, con palabras sencillas,
como las nuestras,
hicieron el mundo, los fantasmas, el día y el fuego.

Lucian Blaga

 

Igual que a Celán, me apena (o me aterra) tener que decir amor en la misma lengua en que insultan a los (miles) que asesinan en este país. Despertar cada mañana con las mismas vocales con las que los estudiantes muertos, las mujeres torturadas, los niños secuestrados gritaron sus últimas e inservibles palabras. Que en mis pesadillas nimias se articulen guturales quejidos, onomatopeyas ociosas similares a los ahogados quejidos que antecedieron a la muerte de tantos otros mexicanos, me hace sentir dolor y quisiera renunciar a este idioma de asesinos. Irme; renegar de mi origen, buscar otro lugar como destino que se aleje lo más posible de esto que queda —rastrojo de lo que fue— sobre la superficie que todavía llamamos México. No tengo corazón ya, ni oídos, para aguantar tanto cadáver en mi historia. Porque cada Juan, cada Ramiro, cada López o Daniel o los Jimenez, son la historia de mi vida, y de la tuya, que estamos aquí. Somos corresponsables de la historia de sangre e ignominia que se está escribiendo desde hace años aquí, porque no son hechos aislados, o jurisdicción de esta o aquella administración, es la suma de los hechos; masacres y feminicidios son la suma de los muertos con nombre y familia; la suma de los que aún lloran el vacío de no tenerlos.

Quisiera que nuestra lengua no pudiera decir nunca más: balazo, ni narco fosa, ni asesino, ni ya te cargó la chingada.

Y sin embargo estas calles, por rastrojo que sean (por más culpa que tenga yo de que lo sean) son nuestras. Ruinas y todo, todavía nos pertenecen. Nosotros estuvimos en ellas antes que el idioma normalizara el término crimen organizado. Antes de que nadie pudiera hacerse cargo de los sueños, y los sueños fueran solamente un billete de quinientos; un monedero electrónico con esa cantidad.

Hay que andar las calles con la confianza de quien puebla un anhelo. Aunque a ratos parece más bien que asistimos a un paseo arqueológico del pavor, no habría que esperar a que todo se derrumbe para comenzar a reconstruirnos. Hay que hablar con todas las palabras, con la confianza de quien dice “hijo”, “madre”, yo que sé. Porque estas palabras son nuestras. Y también las otras. Porque hay que usarlas siempre y sobre todo ahora para quitárselas a los asesinos y decirles que son nuestras y que no son bienvenidos a nuestras calles ni a nuestra lengua. Para decir también que el idioma los condena, y que vayan a donde corran los seguirá siempre una frase inquisidora que los atormentará en nombre de los que alguna vez nos callamos pero ya no (nunca más). El silencio, como la huida, no es una opción para el combate de la catástrofe.

Este país nos duele, y hay que llorarlo. Pero sobre todo hay que decirlo. Decírselos a los más jóvenes mil veces. De muchas formas. Hay que hablar de forma franca de los muertos, de las madres que los lloran. Habrá que hacer poemas, crónicas, cuentos infantiles. Hablar del cielo azul y las estrellas, de lo que el mundo con todo y sus fantasmas es. Para que no sea en vano la tristeza de hablar que hoy nos agobia. Para que valgan la pena los gritos sin sentidos del dolor, o el balbuceo de los recién nacidos ya sin padres.

Hay que repoblar el habla para que su ejercicio signifique.

El duelo inmoviliza, sí. El dolor nos deja imposibles a la acción. Pero si dejamos de hablar, de decir, de hacer libros, de leerlos, de ofrecerlos, estaremos condenado a este país a nunca más dolernos, a quedar de por vida impávidos ante el horror. La única forma de salvarnos es darles a nuestros hijos la posibilidad de asombrarnos ante la belleza (improbable pero posible) que todavía le queda al mundo, y ante el espanto también pero con la lengua en alto. Porque aunque triste y escaldada, nosotros somos nuestra lengua; con ella habremos de hacer el mundo para los años que nos quedan.

Dejar un comentario