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Nunca esperé más que una sonrisa

Jenny Fernández

Verdad ajena

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Queridos lectores, el mundo aún no está del todo perdido, y nosotros tampoco.

Para empezar, como siempre que voy al centro, me perdí. Pero es algo que sabía que pasaría desde que salí por la puerta de casa. Descubrí, entre otras cosas, que los turistas tenían más idea de dónde se encontraban que yo. Qué le voy a hacer, soy de isla, me pierdo en grandes ciudades. El caso es que, una vez “ubicada” en el centro de la ciudad donde vivo, miré alrededor y no supe para dónde tirar, así que sin más dilación escogí el camino de mi izquierda —sinceramente, me dejé guiar por el olor a café que salía de un Starbucks. Era agobiante caminar por las calles, pero no sé bien por qué, me encantó; había gente por todas partes, comida a la derecha y a la izquierda. También enfrente. Y una heladería en cada esquina. ¡Hasta un Llaollao! Turistas a tutiplén. Tiendas aquí y allá. Coches. Ruido, y música callejera para disfrutar de los edificios que eran puro arte. Me choqué un par de veces porque en la acera no cabían más pies, pero me vino bien para fijarme mejor y así ver lo que vi y nadie vio.

Crucé —sin saber todavía donde estaba— en un paso de peatones que me enamoró; se paró todo el tráfico para que los peatones pasáramos a nuestro antojo desde cuatro puntos distintos. Nos apoderamos de la carretera y cruzamos en todas las direcciones habidas y por haber. Pero bueno, a lo que iba. En la otra punta del cruce se encontraba sentado en el suelo un hombre no muy mayor, y que ni siquiera estaba demasiado desaliñado, pero a su lado había un cartel en el que ponía: “Por favor, solo quiero tomar algo caliente”. Sin embargo, esto no fue lo que llamó mi atención. Estaba totalmente sumergido en una historia. La del libro que leía. Le observé desde la distancia sin mucho disimulo, pero no me vio ni a mí ni a las cincuenta y siete personas que pasaban por su lado casi pisándole. Me fui. Entré en una cafetería y pedí un café con leche muy caliente y dos bolsitas de azúcar.

—Para llevar, por favor.

Volví con la certeza de que seguiría ahí. Me acerqué y le di las buenas tardes. No me esperaba, me miró extrañado mientras sonriendo le acercaba el vaso de caucho con una cuchara y el azúcar.

—Ese parece un buen libro. Espero que el café esté lo suficientemente caliente.

Intenté contar las veces que entre lágrimas me dio las gracias, pero perdí la cuenta.

Me hizo sentir bien, feliz. Recibí más de lo que dí y no fue necesario que fuera Navidad, ni San Valentín, ni Pascuas. Bastó con un café, y una sonrisa.

Queridos lectores, el mundo aún no está del todo perdido, y nosotros tampoco.

 

Jenny Fernández, España.

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