El demonizado ocio

Guillermo Guzmán

Portalápices

Colección, el desempleo.

Hace 25 días que ando de ocioso; renuncié a mi trabajo en la oficina. Durante estas semanas, he rememorado el dicho que varias personas de edad me decían: “La ociosidad es la madre de todos los vicios”. Probablemente, una persona con más millas de vida, cree que el tiempo libre nos empuja a tener pensamientos, casi siempre torcidos, que concluyen en acciones poco decorosas —o ilegales.

Ocio se deriva del latín Otium, que según la RAE significa: “Cesación del trabajo, inacción o total omisión de la actividad”. Posteriormente, la Academia arremete con otro significado que, particularmente, me parece interesante: “Obras de ingenio que alguien forma en los ratos que le dejan libres sus principales ocupaciones”.

Tengo que ser franco; durante este mes, no he podido administrar bien mi ocio: o bien escribo a cuenta gotas, leo libros aburridos que, por falta de tiempo, había aplazado, veo películas —de todo tipo—, cocino, hago la limpieza de mi casa, toco la guitarra, fisgoneo en Facebook o camino por las calles de mi ciudad. Empero, siempre me queda la sensación de que el tiempo de ocio me es insuficiente.

La peor parte de todo esto es cuando reviso mi bolsillo, y me doy cuenta que los fondos de “desempleo” —ajá sí, como no— escasean. Creo con firmeza que el trabajo, cuando no se realiza con gusto, se convierte en el “grillete del elefante”. Para quien no conozca la analogía, se dice —y si no es así, lo acabo de inventar—, que las personas que utilizan —o esclavizan— elefantes, les colocan por un tiempo un grillete de acero y una cadena en una pata. Gradualmente, cambian el grillete por uno de madera sin cadena; pero, como el paquidermo ya está acostumbrado a la sensación del cautiverio, nunca se va. Así me siento yo. No tengo empleo, y, cuando parece que estoy disfrutando de mi ocio, siento que necesito buscar un trabajo con remuneración suficiente para sobrevivir en un mundo de apariencias.

Hay una demonización atroz del ocio, si no trabajas, no falta la bien o malintencionada persona que arremete: “Y, ¿qué haces ahora que no trabajas?”. O también la otra vertiente, el juicio interno: cuando, por no trabajar en un empleo estable, con primas vacacionales, buenas remuneraciones y un departamento en el fraccionamiento punta de oro; te sientes peor que un leproso.

Paul Lafargue —cuñado de Marx—, en su texto El derecho a la pereza, habla sobre el papel fundamental de la energía creadora en el tiempo de ocio; señala la trampa en que la sociedad capitalista ha caído —y hasta sus mismos compañeros de militancia—, al pensar que el trabajo es la palanca de la transformación de la sociedad, sin darle la importancia debida al papel del tiempo libre. Él sugiere que la jornada laboral ideal sería de tres horas —un sueño, si me lo preguntan—, ya que, según él, el ser humano debe tener el tiempo suficiente para desarrollar su espíritu creativo.

Sé que la rutina es la rutina, y que por ahí alguien menciona que el ser humano es un ser de hábitos. Pero, en este momento de ocio que tenemos —usted mientras me lee, yo mientras escribo—, deberíamos tener una desviación, un momento de Otium, para ser “herejes” por unos minutos y pensar que a veces el trabajo se convierte en una espiral en la que generalmente, uno desarrolla actividades que no tienen sentido: checar sellos, sacar copias, realizar informes, checar el reloj de entrada, realizar propuestas, anteproyectos y proyectos, para que alguien que tiene más plata que uno, los deseche porque no le importan. Sin bien, se afirma que todos tenemos derecho a un trabajo digno, en la misma magnitud, deberíamos exigir nuestro derecho al ocio.

Tyler Durden, personaje de la película Fight Club, de David Fincher —basada en la novela de Chuck Palahniuk—, dice: “No eres tu trabajo. No eres cuánto dinero tienes en el banco. No eres el auto que manejas. No eres el contenido de tu billetera. No eres tus putos pantalones…”

Otro ejemplo, la película Ikiru, de Akira Kurosawa, retoma como tema central la gris vida de un burócrata, empleado durante 30 años en una oficina; sorprendido por el cáncer, se da cuenta que nunca ha tenido un objetivo en la vida. Su búsqueda a contra a reloj de ese sentido, es el tema central de ese largometraje.

No quiero, ni de lejos, externar un pensamiento “anarquista” o incendiario. Simplemente, considero que gastamos lo más importante en los trabajos que hacemos: el tiempo de nuestra vida. Deberíamos, genuinamente, realizar actividades remuneradas donde nos sintamos vivos. No es casualidad que uno de los síntomas de nuestra enferma sociedad sea la insatisfacción. Pero bueno, al final “cada quién sus cubas”.

Yo, por lo pronto, disfrutaré de este ocio, sin culpas, porque es mi derecho y me lo he ganado. Al final de cuentas, no todo lo que la sociedad de consumo considera como trabajo, es remunerado. Me despido, como diría don José Gorostiza, “vámonos al diablo”.

Guillermo Guzmán, México.

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