Lo que queda

Mauricio Gallardo

Papa

De un tiempo para acá, seguimos buscando buenos referentes para hablar con comodidad sobre lo que realmente nos está pasando. Claro que advirtiendo que no es mucho lo que se puede lograr con solo manifestar una opinión respecto a ello. Es bueno, entonces, poner las cosas en el lugar y momento que corresponde, pues de lo contrario tendremos más asuntos por los cuales lamentarnos, que sentirnos orgullosos de ellos. A su vez podemos destacar lo que se hace bien, aunque eso de que finalmente tiene un límite, sería una señal poco agradable de compartir. Aquellas manifestaciones podrían detonar otras incomodidades si es que no se manejan o controlan de la debida forma, pues, la lista de pendientes siempre es infinita y, al mismo tiempo, vive, como la sociedad, en constante búsqueda de su propio desarrollo.

La religión, por ejemplo, hace lo suyo. Es decir, ubicando de momento y lo más frecuentemente posible el mensaje de la paciencia, la tolerancia y por sobre todo, entender especialmente a la política como un bien formal (y que se puede corregir). Nadie puede cuestionar que en el fondo existe una buena intención para seguir con esto que llamamos “actualización” en todos los ámbitos, proponiendo entre otras cosas, la debida cautela sobre asuntos más sensibles que un mero conjunto de críticas, ya sea en el ámbito de salud, educación, vivienda, trabajo digno, amplio acuerdo sobre temas nacionales y también internacionales, etc.

El por qué se está hablando de estos asuntos en un lugar poco común es simplemente porque tal parece que la urgencia por resolverlo es más notoria, tanto por bien individual cuanto colectivo. No asimilar este detalle como corresponde tiene un precio muy alto. La participación que esto demanda es cuantitativamente amplia, por ello asimilarlo debe ser de las tareas primordiales desde todos estratos sociales.

Quizás suene un poco idealista, pero es tan real como necesario. Ejemplos hay muchos para demostrar aquella situación, pero como se dice desde un principio, que no solo debe quedar en grandes juntas, con banderas representativas, más bien, la acción es hoy por hoy el tipo de decisión por la cual los cambios, incluso dentro de ellos, se modifican y crecen positivamente. Todo esto quiere decir que no es suficiente con solo advertir ciertos peligros, más bien hay un acto común que podría representar todo, ponerse en las coloradas. Por ejemplo, para enseñar, no solamente limitarse a dar discursos monótonos frente a todos, y para la realidad laboral, simplemente una preocupación más seria y directa sobre su principal inversión (RRHH). Ambos tienen algo que puede generar cambios incluso culturales. Los síntomas de salud en una sociedad están directamente asociados al nivel de acceso y tipo de solución que se tenga a mano. Todo ello y otras cosas más están dando que hablar, tanto en el universo de una población productiva, cuanto en los altos cargos de distintas áreas a nivel mundial.

¿Por qué esto se está presentando con más frecuencia? Simplemente porque la realidad, de alguna forma, está superando sutilmente cualquier intento de esperanza. Tal vez hablamos de un peligro invisible y más cercano que nunca, pero lo cierto es que si no se hace nada al respecto, es decir, no tomar decisiones emblemáticas, dejando crecer, entre otras cosas, la meritocracia —malamente entendida como una forma de justificar tal desajuste—, probablemente esto tomará otro color.

Cuando se observan los pueblos y sus propias justicias decimos que si no se acomodan a nuestras culturas están mal y, por el contrario, si cometen el mismo error que nosotros se valen de buscar un cierto nivel de comparación e incluso competencia. Una ironía que se toma enserio entre libros, diarios y cafés.

Dicen por ahí que este tipo de observación como el que describo aquí tiene algo de paranoia; lo claro es ver los resultados más agudos, algunos buenos, pero la mayoría malos. Una doctrina que los periódicos siguen con celosa distancia, porque algo de esto se sabe. Pero no quieren explotar tal mirada, pues transformaría todo en un verdadero jugo tropical, como dicen. Meditar en este plano tiene una ventaja muy superior, y es que, a partir de ello, las decisiones son alma de un significado más amplio de lo que se cree. Votar, por ejemplo, no sería simplemente un acto noble si no se obliga, o un hecho como castigo, si es que es un deber, más bien, sería el efecto de una máquina de control, más sabia y transversal.

Los países son el resultado de los hechos. Ni una doctrina tiene tanto poder como esta, desafiando incluso la religión. El pasado en cierta forma nos castiga, pero también nos pondera a un lugar privilegiado, es decir, llevarnos al punto de comparación para decir: ¿Te acuerdas que antes no teníamos tal o cuál avance? Quizás de eso es lo que se trata hoy, de no hablar con claridad, o competir por encontrar actos más serios lo que premian los defectos. Y bueno, digamos que a ratos debemos recordar que lo real siempre está consolidado en los hechos, pues de otra manera tendremos que resignarnos a un peligroso placer, es decir, conformarnos con lo que queda.

 

Mauricio Gallardo, Chile.

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