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Estado de excepción en la UNAM

Dimensión Crítica

Por Samuel David Zepeda
Imagen tomada durante los disturbios de marzo de 2014; los ocupantes recuperaron, a golpes, el auditorio "Che" Guevara, luego de les fuera arrebatado por un grupo de activistas. | Foto: Nurit Martínez, El Universal.
Imagen tomada durante los disturbios de marzo de 2014; los ocupantes recuperaron, a golpes, el auditorio “Che” Guevara, luego de les fuera arrebatado por un grupo de activistas. | Foto: Nurit Martínez, El Universal.

El día jueves, mientras me dirigía a la Facultad de Filosofía y Letras, sintonicé un canal de noticias para enterarme de que un acontecimiento preocupante estaba desarrollándose en las inmediaciones de la Facultad de Filosofía y Letras. En el radio hablaban de barricadas, de accesos bloqueados, botes de basura incendiados, autos quemados y toma de las instalaciones universitarias; encapuchados habían golpeado vigilantes, quemado autos y tomado la facultad. Un sentimiento de preocupación, y duda, se apoderó de mí, cambié la estación esperando descubrir que la nota fuese falsa, pero no, la noticia se repetía con tonos de dramatismo diferente, pero en casi todos ellos se dibujaba una imagen digna de escenarios de protesta enardecida o de conflictos armados, de esos que tanto pasan en la televisión cuando se habla de medio oriente.

Sin embargo, cuando llegué a la Facultad de Filosofía y Letras, encontré un ambiente totalmente descafeinado. Sí, existía bloqueo, pero ya sólo era el residuo de lo que ocurrió durante la madrugada. El bloqueo era mínimo, algunos de los periodistas se encontraban sobre Avenida de los Insurgentes a la espera de que algo más aconteciera para poder tener la gran nota, mientras otros reporteros aprovechaban la calma para entrevistar a la gente que venía llegando y los fotógrafos hacían gala de su capacidad de distorsión de la realidad para tomar fotos desde ángulos que sobredimensionaran lo que en verdad ocurría.

Noté que las clases y las actividades de la Facultad se desarrollaban con relativa normalidad, por lo que utilicé las redes sociales para dar cuenta a todos mis conocidos de que en la Facultad todo era normal; fue ahí cuando una profesora me hizo notar el grave error en el que me encontraba yo y todos los compañeros que estábamos como si nada en los pasillos de la Facultad: ya vemos como normal ese tipo de actividades. Si bien no era lo que los medios decían, el hecho no debe ser tomado como algo normal.

Así, quisiera retomar al filósofo alemán, Walter Benjamin, para dar cuenta de lo que acontece en el auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras, oficialmente nombrado Justo Sierra —no Torres Bodet, como dijeron algunos en el radio—, pero también conocido como Che Guevara —sobrenombre que le viene desde mucho antes de la huelga del 99, nuevamente mal informados en el radio—. Benjamin, en sus Tesis sobre la historia, habla acerca del Estado de Excepción y de cómo este ha dejado de ser algo excepcional para convertirse en un estado permanente.

De la misma manera, el Estado de Excepción se ha apoderado del auditorio de la Facultad, el cual, se encuentra así desde hace ya más de 15 años; un lugar en dónde la legalidad no tiene cabida, en donde la normativa universitaria no aplica y en donde sus ocupantes se escudan bajo una interpretación ilegal del concepto de autonomía para salvaguardarse de la ley.

Al día de hoy, el Che ha sido un punto de encuentro y de conflicto tan común que los que estudiamos ahí nos hemos acostumbrado a su atropello. Estudiantes, profesores, trabajadores e investigadores de la Facultad de Filosofía y Letras, e incluso algunos de las facultades más cercanas: Derecho, Psicología, Economía y los trabajadores de la Biblioteca Central, pasamos todos los días enfrente del pasillo del auditorio sin inmutarnos, el ruido de las bocinas, la vendimia, las cervezas domingueras, sus “eventos culturales” y las ocasionales confrontaciones entre los grupos que se disputan el auditorio ya son parte del collage pintoresco de nuestra Facultad.

Y es que cada que hay algún conflicto, la comunidad universitaria se indigna y se moviliza durante unas semanas para intentar conseguir algo. Sin embargo, la habilidad política de los ocupantes hace gala de destreza, pues han sabido esquivar las diferentes tácticas, han cansado una y otra vez a la comunidad, la han acostumbrado a su presencia y, a pesar de todo, han mantenido su espacio. Los ocupantes del auditorio se han sabido agarrar de las diferentes coyunturas políticas para seguir nadando de a muertito, pues han renovado medianamente su legitimidad incluyéndose en los diferentes movimientos estudiantiles emergentes, han ganando simpatías entre grupos estudiantiles y han sabido aprovechar la situación política del país para deflactar la atención. Hace dos años, por ejemplo, utilizaron la desaparición de los normalistas para que nadie continuara hablando de su reciente enfrentamiento ni sobre el gran movimiento que se había iniciado en la universidad para exigir la devolución del espacio.

A la fecha, van tres directores de la Facultad y tres rectores de la Universidad que no han logrado hacer algo por recuperar el espacio. Debido a que sus ocupantes se escudan bajo una bandera de movimiento de izquierda para legitimarse —en una universidad pública con tanta historia de lucha social en sus venas—, podemos preguntarnos, ¿cómo atacar a alguien que se enarbola en la bandera de la lucha social? ¿Cómo atacar a estos supuestos herederos de la huelga del 99? Y así, entonces, podemos preguntar: si dicho espacio fuese tomado por un grupo que se abanderara con el discurso de derecha, ¿lo permitiríamos? ¿Un auditorio Adam Smith viviría tanto tiempo por su cuenta?

Ahora bien, a nivel de teoría política, el Estado de Excepción podría no aplicar del todo aquí, pues se supone que la excepción es puesta por parte de la autoridad legal, la cual tiene la capacidad de suspender las reglas durante los momentos de crisis con el afán de restaurar el orden previo. En el caso del auditorio, esta suspensión no fue ordenada por la autoridad, o al menos no de forma directa, pues podríamos decir que es una omisión —incluso, habrá quien aventure a decir que el poder reside en los okupas, ya que ellos tuvieron la capacidad de imponer el estado de excepción—. En la actualidad, hay quienes hablan de que el Estado de Excepción tiene su contraparte en el Estado de Rebelión, como lo señala Enrique Dussel en su texto 20 tesis de política y en su Carta a los indignados. Así, a manera de contraparte del Estado de excepción, el Estado de Rebelión sería el estado en el que se suspenden las reglas, no para regresar al estado previo, sino para transformar al sistema existente en otro posible; es una declaración de suspensión, o mejor dicho, de desobediencia de las reglas porque éstas son injustas, porque éstas no responden a la comunidad y estaría justificado, éticamente, en el consenso de la comunidad política —fundamento de la sociedad— que busca el cambio en el estado dado de las cosas.

Entonces, ¿el Che es un lugar en Estado de Rebelión? La respuesta es sencilla: No. ¿Por qué? Porque, como lo demuestran las interminables señales de protesta, en la comunidad no hay consenso en favor de la ocupación del Che; la comunidad política que fundamenta a la universidad —alumnos, profesores, trabajadores, administrativos, investigadores e incluso exalumnos— ha manifestado continuamente su rechazo hacia la ocupación de este lugar que, hoy en día, no pretende desarrollar un mejor espacio, como quieren hacer creer a partir de su discurso. Los ocupantes se han dedicado a hacer negocio y vendimia, a sobrevivir y vivir en el auditorio, a negar el espacio para actividades políticas y culturales que no están en su agenda; sus actividades y acciones han sido subsumidas por la cotidianidad; su lucha ya no existe, su presencia y su actuar, en realidad, ya no representan intervención alguna; ya no interpelan conciencias, no suman a la creación de conciencia, ni tampoco a la lucha de clases.

Así, me parece que los okupas traicionan la memoria del loable movimiento de huelga del 99 y sólo demuestran el exceso de tolerancia de las autoridades —que, por cierto, tanto reclaman que no existen—, su falta de disposición al diálogo y el aferrarse a sus ideas como verdad; demuestran que han fetichizado su movimiento y que se han olvidado de la comunidad. Como bien dijo Max Horkheimer, en El Estado autoritario, “todo aquello que quiere crecer a la sombra del poder se encuentra en peligro de reproducir el poder”.

Samuel David Zepeda, México.

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Un comentario

  1. Estefania
    | Responder

    Muy buena reflexión Samuel, gracias por esta nota y por tocar un punto tan importante como lo es el del Estado de Exepción. Sin duda es uno de los puntos que más afecta a la sociedad estudiantil y a la sociedad en general de manera implícita, pues ¿qué pasa cuando caemos en un estado de aceptación cómoda? No nos inmutados ante lo que sucede y la exigencia de cambio hacia la situación se vuelve lejana.

    Sin duda debemos de salir de este estado para poder ver la realidad que nos afecta a todos como comunidad universitaria.

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