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Ejercicio de admiración (la obsesión)

Ambivalencias

Por Eleutheria Lekona
Emil Cioran. | Fotografía obtenida de: sre.gob.mx
Emil Cioran. | Fotografía obtenida de: sre.gob.mx

De lágrimas y de santos fue el segundo libro que leí de Cioran; iba en la preparatoria, sobra decir lo joven que era en ese entonces. Leerlo la primera vez me reveló que esa necesidad —rayana algunas veces en lo mórbido— por comprender la experiencia religiosa, no era en todos los casos una disposición exclusiva a una persona creyente sino también posible en la figura de un ateo. Era como una especie de envidia mística, y una nostalgia por todas las obras producidas bajo ese éxtasis. No era —no es Cioran—, en ningún modo, un hombre religioso, ni un hombre con un sentimiento de lo místico. Yo más bien diría que es absolutamente lo contrario, un espíritu estéril en materia metafísica, alguien incapaz de creer en el absoluto; hambriento de éste, y de su fantasía.

Quizá, por eso no sea extraño que los pensadores a quienes más haya admirado Cioran —Eliade, Marcel—, y también sus amigos (valga decirlo), fueran, precisamente, hombres de profundas convicciones místicas. Hombres que en el siglo del crimen lógico —en la expresión de Camus—, se hayan atrevido a enarbolar una metafísica de lo inasible.

(Y con inasible, por supuesto, me refiero a todo aquello que se le escapa al hombre cuando no se le escapa ya cualquier certeza).

Pero momento, hay algo incompleto en mi narración. Lo mismo que a Marcel, o a Eliade, Cioran se arrobó también con espíritus, más bien, en las antípodas de los primeros: Paul Valéry, Benjamin Fondane o un Fitzgerald. ¿Cuál es, entonces, el denominador común entre estos hombres? ¿Cuál es la materia común que los reúne y hace de ellos motivo de encomio en el filósofo rumano? La respuesta es: la obsesión.

(Y la obsesión solo le es dable a dos clases de espíritus, o a los locos, o a los desgraciados).

En los primeros puede fructificar en formas inusitadas. La locura escapa a más de un instrumento de detección y lo mismo impulsa a un megalómano a conquistas de origen muertas (pienso en Napoleón) que a un santo a la nostalgia mística (pienso en Juana de Arco).

Que haya sido la obsesión en Cioran, aquel motor con el que un hombre llega al fondo de sus convicciones y toca fondo (sin punto de retorno muchas veces) y no la comprobación, aquel territorio neutro en donde las obsesiones combustionan, solamente prueba que, en la cadena de nuestras pasiones, el efecto precede a la causa por una suerte de proceso de inversión involuntario en donde todas nuestras esperanzas se invierten también, y ya sea que emprendamos empresas imposibles, o que hagamos de nuestra degradación motivo de sublimación, entonces u ocurrirá que escapemos de este proceso de alimentación iterativa —negándolo como lo hacen los esquizofrénicos—, u ocurrirá que hagamos de él motivo de nuestras transformaciones —como ocurre con los santos y los hombres místicos—.

Los lindes de ambos procesos son apenas distinguibles.

 

NOTAS

[1] Llegó a mis manos como un obsequio.

[2]Hace un par de semanas me dio por releer uno que es, para mi gusto, el mejor texto de Cioran, Ejercicios de Admiración y otros Textos. Volví a experimentar, como a lo largo de todo este tiempo que he escrito para mi blog y otras palestras virtuales, esa necesidad de aparador de mostrar alguno de ellos; en particular, dos que exhiben alguna de la prosa ensayística —siglo XX— más preciosa que haya podido leer hasta ahora y con el potencial de remover tantísimas cosas: Fascinación del mineral (Roger Callois) y Los comienzos de una amistad (Mircea Eliade). En lugar de colocarlos, se me ocurrió rendir similar homenaje (este arrojo) al filósofo de la lucidez. Comparto mi ejercicio de admiración.

[3] Quizá este sea el tercer post que le dedico a Cioran en Eleutheria; uno que recuerdo mucho es Mentira en la Mentira que, dicho sea de paso, no ha dejado de ser la epistemología del amor más honestamente expuesta que le haya podido leer a algún filósofo.

[4] Por supuesto, ya encarrerada, me re-refiné el libro con el que inicio el escrito. Agradezco que en todo este trajín, sea solamente mi estilo el que haya quedado muy infectado por la experiencia (espero).

Bach: Toccata In C Minor, BWV 911

Eleutheria Lekona, Estados Unidos.

Puedes consultar el artículo original aquí.

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