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Emoción cinéfila mexicana

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Por Guillermo Guzmán
Alejandro González Iñárritu alza su Oscar como mejor director. | Fotografía: AFP, Mark Ralston.
Alejandro González Iñárritu alza su Oscar como mejor director. | Fotografía: AFP, Mark Ralston.

Acabo de terminar de ver la 88° entrega de los premios Oscar y no dejo de sentirme emocionado. Tengo un estado de alegría que solamente podría comparar como cuando gana el equipo de fútbol del cuál soy hincha. Esta edición de los Oscares tuvo un significado especial, pues había tres nominados mexicanos: Alejandro González Iñárritu, en la categoría de mejor director, Emmanuel Lubezki, en la categoría de mejor fotografía, y Martín Hernández, como mejor edición de sonido.

El escenario ideal hubiera sido que los tres se alzaran con los galardones. No fue así, pero lo que aconteció fue más que sorprendente, es loable: Lubezki consiguió por tercera vez consecutiva el Oscar y Alejandro González Iñárritu por segunda, ambos en categorías donde muchos grandes realizadores han tardado en llegar una vida. A partir de este instante, han entrado por la puerta grande en la historia del cine.

Y digo que es sorprendente, sobre todo, en tiempos como éste, en el que un furibundo y cerril Donald Trump lanza pestes contra los mexicanos:

When Mexico sends its people, they’re not sending their best. They’re not sending you. They’re not sending you. They’re sending people that have lots of problems, and they’re bringing those problems with us. They’re bringing drugs. They’re bringing crime. They’re rapists. And some, I assume, are good people [sic.].[1]

Me gustaría decirle al señor Trump, “En tu cara cabrón” —pero mejor en inglés, porque seguro que español no sabe, o no le interesa aprender; entonces, “In your face fucker”—. Pero, por otro lado, no quiero detenerme en este punto, porque sería quitarle los reflectores a los galardonados, cómo decía mi abuela: “A palabras necias oídos sordos”.

Tengo que decir que desde hace algunos años, soy un fan confeso de estos señores. Una de las primeras películas que me orilló a cuestionarme mis reflexiones intelectuales y morales fue Amores perros, dirigida por Iñárritu; tan cruda y sin dobleces que es imposible no dejarse llevarse por los tres relatos que no pierden su sentido unitario. Tenía quince años cuando vi este largometraje de enorme pulsión vital; un film que me mostró, sin miedos, las grietas de la condición humana.

Por otro lado, Emmanuel Lubezki ya se mostraba en trabajos anteriores —por ejemplo, Sólo con tu pareja, Niños del hombre, El árbol de la vida, Y tu mamá también— como un artista ascendente y de una sensibilidad arrolladora. Siempre me cuestionaba: “Por qué carajos no gana ya un Oscar”. Después de obtener el primero con Gravity, tuve una conversación de café con un amigo brutalmente cinéfilo; mientras platicábamos, me dijo una frase que aún recuerdo: “Con Emmanuel Lubezki, estamos ante el Gabriel Figueroa de nuestra generación”. Cuando ganó el segundo Oscar, por Birdman, le llamé y le dije: “No güey, estamos ante el Emmanuel Lubezki de nuestra generación”.

Ante los torrentes de información que fluyen sin mesura, a esta hora ya todos saben quiénes son este par. Probablemente mañana, los impresentables políticos y empresarios querrán subir al tren de la felicitación y desearán salir en la foto. Habrá quienes no hayan visto alguno de los trabajos anteriores de los realizadores, y los verán. Los que odian a González Iñárritu, lanzarán sus acostumbrados comentarios malinchistas: “Qué festejan, si ganó con las películas que hizo en Estados Unidos”, “Ese güey es bien engreído”, “Hay mejores que ese güey”, y demás símiles. Da igual.

El mensaje que dan Lubezki y González Iñárritu —aún sin que esa sea su primaria intención— es muy fuerte: “Se pueden hacer las cosas”. Y tan es así que ellos ya las hicieron. En un país como el nuestro, donde la tragedia es casi un deporte nacional (incertidumbre, corrupción, despotismo, crimen y desprecio por la vida), historias como las de ellos, deberían ineludiblemente cuestionarnos: ¿No podré yo hacer las cosas mejor?, ¿No podré ya sacudirme el añejo metarrelato de que todo proyecto que emprende esta tierra común está destinado al fracaso? En fin, parafraseando a González Inárritu, ¿no deberíamos construir el país que nos merecemos?

Finalmente, no puedo dejar del lado, el reconocimiento a la participación Latinoamericana en ésta edición: Chile con Historia de un oso, dirigida por Gabriel Osorio, que ganó como mejor cortometraje animado; El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra, y extraordinaria película colombiana, que estuvo nominada en la categoría de mejor película extranjera.

En fin, la exaltación en mí va aminorando, pero la emoción, espero, me seguirá algunos días más. La madrugada me alcanza, Morfeo me dice que deje de teclear más letras, lo haré, total, cómo diría un anciano que escuché en la tienda, “México por un día, es campeón mundial en cine”.

P.D. At last, ganó Leo, ¡chingaos!

Guillermo Guzmán, México.

[1]Hee Lee Michelle Ye (2015), “Donald Trump’s false comments connecting Mexican immigrants and crime”, consultado en The Washington Post: https://www.washingtonpost.com/news/fact-checker/wp/2015/07/08/donald-trumps-false-comments-connecting-mexican-immigrants-and-crime/

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