» » » Ontológicamente tristes

Ontológicamente tristes

Moros con tranchetes

Por Julio César Melo Toledo
Sad Eyes, obra en acuarela. | Por Lord Colin O'Neal, Devianart.
Sad Eyes, obra en acuarela. | Por Lord Colin O’Neal, Devianart.

Hemos construido maravillas en nombre de la (supuesta e imposible) superioridad de la especie. Pero también atrocidades. Y ambas esconden igualmente nuestro constante (lo han dicho ya de mejor forma) temor al olvido.

Recuerdo con ternura el asombro que me causó la anécdota que un día escuche, de la boca de José Saramago, sobre el inicio de su Ensayo sobre la ceguera. Contaba que un día, cansado de caminar (no recuerdo si en el centro de Lisboa, me gusta pensar que sí), entró a un café, y tras ordenar, se quitó los lentes. No veía, sin ellos, prácticamente nada. Y se le ocurrió, por lo mismo, una pregunta: ¿qué pasaría si todos estuviéramos ciegos? Suspiró —contaba— y se respondió al instante: qué tonto soy, si todos estamos ciegos.

A parte de usar la bellísima anécdota para adornar mi texto, lo traigo a colación porque hace unos días tuve una idea: qué pasaría si un día, todos saliéramos a la calle estando tristes y llorando. Recordé a Saramago: todos salimos de casa tristes y, en el fondo, llorando. Esa (nuestra) tristeza es ontológica. La tenemos en el código genético, igual que ciertas informaciones que nos definen como especie. Lo que hemos hecho del mundo, y que llamamos civilización o cultura, es la proyección simplísima de esa melancolía bajo la cual andamos para no morir de tristeza, tan pronto, al menos, porque sabemos que será la tristeza justamente la que al final nos matará. Este planeta es la casa de la especie más triste de todas. Tristes pero arrogantes, eso sí, y basta para saberlo ver “las maravillas” que hemos hecho con nuestra casa: creer que es nuestra, por principio, por encima de cualquier otro animal y, bajo esa superioridad, haber dilapidado aquello que creímos (por faltarle nuestra huella) incompleto. Qué somos sino el reflejo pueril del miedo que nos causa nuestra propia esencia triste. Como el niño que jala la trenza de la niña que le gusta (imagen vieja pues ya casi ninguna niña usa trenzas), los objetos que usamos para representar el mundo, las palabras que nos decimos cada mañana al despertar tras un sueño, incluso, complaciente, son la forma torpe en que luchamos por permanecer un poco más, por combatir inútilmente la tristeza que nos define.

Incapaces de lidiar con el dolor de lo que somos, buscamos en el otro alguna fórmula que nos permita una breve situación en donde ser, no importa si es simulación o franca farsa, felices. Es una trampa de lenguaje que (psicoanalítica la cosa) está fragmentado y pulverizado por la misma condición en la que se gesta. Platón habló de ello a su manera; Shakespeare retrató dicha batalla en más de un texto, todo lo que nos rodea, incluyendo el amor por el dinero, las películas malas de Jennifer Aniston, son el reducto de la tristeza que no une.

Pero ¿existe manera de salvarnos? —preguntó un alumno hace poco—, sí. Dejar de perseguir la dicha como si existiera. Asumir que el pecho duele, y las rodillas, la desagradable cortesía con que nos hablamos entre humanos es una farsa cargada de miedo e hipocresía. No, hay que sufrir, asumir que somos una raza de dramas, que eso nos hace llorar, vivir para ello. Hacer de la melancolía la razón detrás de todo (es, de cualquier forma, pero hacerlo real). Saber que el suelo que pisamos es finito y que ello nos provoque miedo, culpa, pero sobre todo tristeza; que todo en este mundo nos provoque tristeza: los juegos de los niños, los aromas a campo, las gardenias, el jamón serrano y la ternura del canto de los coros medievales. Seamos, pues, lo que somos: una reunión absurda en una casa prestada de tristes sin remedio (y ciegos).

Julio César Toledo, México.

Más sobre el autor

Dejar un comentario