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Sobre la Asamblea Constituyente: ¿representatividad, delegación o fetichismo político?

Dimensión Crítica

Por Samuel David Zepeda
El Jefe de Gobierno del Distrito Federal presentó al equipo que redactará el proyecto de Constitución de la CDMX. | Fotografía: El Big Data
El Jefe de Gobierno del Distrito Federal presentó al equipo que redactará el proyecto de Constitución de la CDMX. | Fotografía: El Big Data

Nos encontramos en la antesala a la elección de diputados que conformará la Asamblea Constituyente de la CDMX, la cual dará forma y fondo a la nueva constitución local del antes Distrito Federal, ahora Ciudad de México. Ahora bien, la polémica ha girado en torno al cómo estará compuesta dicha asamblea, pues, de los 100 diputados que conformarán la Asamblea Constituyente, sólo 60 de ellos serán electos por la ciudadanía, mientras que los otros 40 serán elegidos por diferentes instancias políticas; 14 de ellos serán senadores, 14 diputados federales, 6 serán elegidos por el presidente y 6 por el último jefe de gobierno del Distrito Federal. ¿Qué implica esto?

En la teoría política clásica —desde Hobbes— se ha mostrado que ontológicamente el fundamento de la política se encuentra en el pueblo; incluso Spinoza, en su Tratado Teológico Político, hace una diferenciación entre potentia y potestas, la cual es retomada hoy en día por autores como Toni Negri y Enrique Dussel, entre otros. Para Dussel, investigador emérito del SNI, el pueblo es la esencia y fundamento de todo lo político. El pueblo, sin embargo, debido a la gran cantidad y diferencia de voluntades que lo conforman, no puede ejercer el poder de forma directa, por lo que requiere llevar a cabo una mediación institucionalizada que dé cauce a sus demandas; es así se crean las instituciones políticas que buscarán concretizar las demandas del pueblo.[1] Empero, el pueblo siempre será el fundamento de toda acción política, por lo que todas las instituciones políticas creadas deben, en primera instancia, responder al pueblo.

Bajo esta perspectiva, la Asamblea, como institución que pretende darle un cuerpo a la reglamentación de la Ciudad de México, debería tener en su fondo el apoyo de su fundamento político, es decir, la ciudadanía de la CDMX. Sin embargo, vemos que esto no es así. La asamblea será configurada de una manera fetichista. ¿A qué me refiero con esto?

Como ya explicamos, en un sistema político, en especial en uno democrático, la referencia última, su fundamento ontológico, jurídico y ético es el pueblo, la comunidad política de base que lo configura; en el pueblo reside la legitimidad y la soberanía, por lo que toda institución creada debería ser una plataforma que dé cauce al conjunto de demandas emanadas por el pueblo, sin embargo, esto no ocurrirá así. Primero, los 14 senadores y diputados federales serán elegidos entre personas que no necesariamente forman parte de la ciudadanía que se verá afectada por la legislación creada, además de que serán designados por individuos que no fueron electos por ciudadanos de la Ciudad de México. Aún si fundamentáramos nuestro marco teórico bajo la idea de que los individuos que conformarán la Asamblea son representantes y no delegados del poder, la totalidad de los senadores y diputados federales no representan a la comunidad de la Ciudad de México; así, sus determinaciones no representarían directamente a la voluntad de la ciudadanía que se verá afectada, violentando la autonomía de la recién creada CDMX.

Por otro lado, si entendemos que los actores políticos son delegados del poder, entonces, ninguno de ellos tendría la capacidad de elegir —o elegirse— autónomamente como delegados para esta Asamblea. Eso también aplicaría tanto al Presidente, como al Jefe de Gobierno, quienes, también cabe decirlo, podrían elegir a más personas que no tengan relación alguna con la Ciudad de México y los cuales, de ningún modo tendrían el respaldo del pueblo para legitimar sus acciones.

Aunado a todo estos, hemos de tener en cuenta que el partido dominante en la mayoría del país, el PRI, tendrá una gran ventaja inicial, pues —a menos que ocurra una tragedia— tendrá garantizados un gran número de escaños en la Asamblea, ya que, a los seis puestos elegidos por el Presidente, habrá que sumarle los diputados designados por las cámaras —donde el PRI y el PVEM controlan la mayoría de los escaños—. Si el PRI es un partido que no ha recibido mucho apoyo —electoral— en la Ciudad de México, el hecho de que un número importante de diputados identificados con el tricolor forme parte de esta Asamblea contraviene la representatividad, delegación y legitimidad de la Asamblea.

Asimismo —al margen de la ontología política y haciendo un análisis de lo dado— el partido que se verá más debilitado es MORENA, pues, como partido de reciente creación, tiene poca fuerza en las cámaras. Así, si MORENA quiere tener verdadero peso en la Asamblea tendrá que conseguir escaños por medio del voto popular. Esto es un poco más difícil, pues el PRD aún tiene fuerza significativa en la Ciudad, además de que existen delegaciones dónde el PAN y el PRI han conseguido avances significativos en los últimos años.

Ahora bien, regresando a nuestro análisis principal, incluso dentro de los 60 diputados que serán elegidos por la ciudadanía, también presentarían grados de alejamiento y fetichización política, pues a menos que los 60 electos fuesen independientes, no serán del todo candidatos democráticos, porque a menos que los partidos llamen a plebiscitos previos, la elección de candidatos será autorreferente; los partidos políticos existentes determinarán a quiénes postularán como para la votación de Junio, dejando la participación de la ciudadanía a sólo la elección de figuras ya determinadas.

Con ello, muchos de los partidos políticos muestran que se han olvidado de que su compromiso es hacía el pueblo; se han olvidado que su fundamento es el pueblo y que su trabajo se debe a él. Los partidos políticos han dejado al pueblo al margen de las decisiones importantes, han traicionado sus ideologías y han convertido a los ciudadanos en objetos, en simples votos, en medios para mantener el poder político y la prima económica que conlleva. Es decir, la preocupación de los partidos políticos es el partido mismo, por lo que imponen reglas, candidatos y alianzas esperando que sus seguidores los apoyen como si fueran un equipo de fútbol, en otras palabras, los partidos políticos esperan que su hinchada les sea fiel sin importar las circunstancias, sus alineaciones y sus tácticas; los partidos políticos esperan un simple y llano amor pasional a la camiseta, alejado de toda razón, pues el votante es sólo un aficionado.

Así, a fin de cuentas, la Asamblea deberá realizar un trabajo excepcional y la ciudadanía deberá dar seguimiento puntal a las acciones que dicha asamblea tome, pues, de inicio, la Asamblea presenta un hándicap en contra, pues ya no cuenta con una legitimidad o representatividad indubitable, por lo que se tendrá que trabajar arduamente para ganar la simpatía del pueblo de la Ciudad de México que aún tiene la esperanza de que su voluntad se vea reflejada en la constitución por venir. De lo contrario, las primeras elecciones de la ciudad de México serán una batalla campal por intentar recuperar el rumbo que la voluntad de los ciudadanos ha determinado en los últimos años, lo que conducirá a un proceso lento y tortuoso de reformas y reconfiguración para una ciudad que no puede darse el lujo de dar pasos en direcciones no deseadas.

Samuel David Zepeda López, México.

 

[1] Para detalles y una exposición completa del tema, véase las 10 primeras tesis de Enrique Dussel en 20 tesis de política.

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