Sobre la visita

Ambivalencias

Por Eleutheria Lekona

Este artículo fue publicado, originalmente, el 23 de marzo de 2012

Recepción del Papa en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. | Fotografía: Presidencia de la República.
Recepción del Papa en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. | Fotografía: Presidencia de la República.

Siempre he sido indolente al tema religioso; desde muy chica di por descontada, en mi explicación del mundo, la superfluidad de una entidad creadora dotada de cualidades divinas;  no por una convicción filosófica, ni nada, sino por una tendencia natural a la sencillez en las explicaciones.

Lo divino se relaciona con un ideal humano bastante más que con cualquier otra cosa. Si queremos, podemos llamar divino a manifestaciones cuya existencia a priori hemos postulado, aun si, en realidad, no sepamos nada de ellas. No está nada mal postular la posibilidad de estas instancias, lo que sí me parece obtuso y obsesivo es aferrarse a ellas y la atribución a priori de cualidades a las mismas. Vivimos en una época en que ya no es posible negar realidades para nosotros incomprensibles y, aun, inaccesibles. Sin embargo, hay quienes niegan esta misma imposibilidad a la hora de dar por cierto explicaciones sobre esas mismas realidades, aunque[1] sobre la base de meras especulaciones (es decir, como si la inaccesibilidad lo fuera y no lo fuera; se transmutara). Como tejer en el vacío. Por supuesto, y como ya he dicho en otras entradas, no veo nada malo con tejer en el vacío; la poesía, por ejemplo, me parece un abismo espectacular —o la matemática— y ella es sólo un caso de los muchos que he encontrado en mi paso por el mundo. Quiero decir, hay en el mundo, en nuestra realidad física razones suficientes —y numerosas—, para ocupar en ellas nuestras energías, nuestros pensamientos, nuestros denuedos, lo mejor de nosotros y lo no mejor. Pero, y aun cuando personalmente me he dejado poseer por la disposición de la fe en no pocos momentos de mi vida (bastante bajo la influencia de personas queridas), nunca he encontrado en tal disposición la satisfacción de nada. No sé si esté yo hueca o qué, pero francamente, no conozco el éxtasis religioso, ni la certeza, ni nada.

Así explicado, digo que me resulta bien difícil comprender el fanatismo religioso y considero que es solamente un caso de un tipo de carencias psicológicas de orden más general; cruzándose allí, y brotando, honduras sociológicas y otras complejidades.

En mi caso, por cierto, además de hacer esta aseveración a título personal, quiero decir que sé que hacerla no me coloca en un nivel intelectual por encima de los que sí creen; no los miro debajo de mi hombro; no hay un aire de superioridad aquí. Quizá el ateísmo no es menos una carencia que su contrario, el teísmo, y, si he vuelto al tema en esta ocasión, no es tanto para confesar nueva cuenta cuán ajeno me es, como para lamentar aquí, rumiar, el coraje que me da ver cómo se trata de un lastre social más para nosotros.

Ya he hecho la distinción. Una cosa es hablar de la visita del Papa desde el tema de la creencia y la fe; otro asunto es centrarse en las connotaciones políticas del evento. Claramente, dichas connotaciones no explican nada que no sepamos ya del utilitarismo en la derecha mexicana. Un utilitarismo nada conservador e —ironía— bastante liberal más bien. Un juego de palabras en las palabras.

Pocas personas comentan este espacio, aunque lo hacen con cierta regularidad y lo agradezco. Quizá este post no lo escribo tanto para reflexionar con ellas. Lo escribo para quienes, por casualidad, dan con este sitio por vez primera. Ojalá se sepa separar esta visita (la cosa de Dios, del temor, de la ascesis autodestructiva, de la fe, etcétera), de la cosa política. No entiendo fuera del texto cristiano, por ejemplo, la interlocución que Javier Sicilia ha intentado establecer con la Santa sede a propósito de las muertes. Entiendo y respeto —aunque con trabajos— la mansedumbre en Javier Sicilia (esa virtud cristiana), pero, y aun cuando sepamos que, de facto, esta visita tiene resonancias políticas, no deberíamos nosotros ser tan pragmáticos —tan utilitaristas como ellos— y, entonces, tener gestos políticos con estos visitantes; es la forma implícita de al menos reconocer (sin rechazar) que esto deba ser así. Es romper con el laicismo de que tanto se presume en este país. Tampoco comprendo la visita de Andrés Manuel al lugar en tanto maniobra política. ¿Cuándo entenderemos que lo político cobra importancia en otras dimensiones de nuestras vidas? No hay actos inocentes políticos. Lo político trasciende su propio ámbito porque, de hecho, se interseca con otros.

La falacia en todo este asunto radica en hacer marketing con la visita apelando a la fe de las personas cuando realmente es una movida política por parte del Estado Vaticano (y del Estado mexicano). No hay en esta visita una motivación religiosa estrictamente.

Voy a ser porfiada, explícita y puntual. Cuando el Estado Vaticano viene de visita a este país, ¿lo hace en nombre de los intereses de Dios?, ¿cómo y quién se encarga de definir tales intereses? ¿No, acaso, lo que hay en el fondo de todo esto son siempre nuestros intereses? Los de quienes atribuyen cualidades a Dios y un orden moral, un modo de ser —de actuar, de sentir, de hablar incluso—, un deber a que debemos ceñirnos porque éste es revelador de ese Dios y sintomático de él (¿y cómo lo sabemos?) y, por esto mismo, los de quienes persiguen un fin político en nombre de dicho Dios en esta visita.

 

[1]    Quizás, el “aunque” está demás, pero me ayuda a dar más énfasis a lo que deseo decir.

Eleutheria Lekona, Estados Unidos.

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