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Pasen y lean, padres del mundo

Verdad Ajena

Por Jenny Fernández
Fotografía: Jennifer Studios Photographies.
Fotografía: Jennifer Studios Photographies.

Queridos padres del mundo, como hija, me dirijo a ustedes con —no voy a mentir— cierta mezcla de desilusión, tristeza y un par de cucharadas llenas de reproches. Las mismas cucharadas llenas de nocilla que no nos dejasteis meternos en la boca de pequeños porque “eso no se hace”. Las mismas que, un poco más tarde, nos obligasteis a comer llenas de cualquier alimento que tuviera el poder de hacernos vomitar. Pero claro, “los niños son muy teatreros, no hay que hacerles caso”, porque los niños solo buscan, solo buscamos —y necesito incluirme en el escalafón de niños—, llamar la atención. Y eso, fijaos quién lo dice: el ADULTO, sabio, serio, formal y responsable, que necesita un coche para lucir, una moto que haga más ruido que función, un vestido que sea mejor que el de la tal María —da igual si luego no nos queda para comer a final de mes—, un perfume de 35,90€, porque el de 10€ huele igual de bien, pero no lo usa esa que es portada del Hola esta semana y tampoco sale en ningún anuncio de esos casi pornográficos que echan en la tele. No olvidemos el móvil, que si no tiene una manzana dibujada y bien visible tampoco vale. ¿Para qué gastar en cosas verdaderamente necesarias cuando podemos tirarlo en un teléfono que luego pagaremos en cómodos plazos durante dos años? (Además del tiempo que será invertido en rezar cada día para que no se rompa, porque entonces apaga y vámonos).

En definitiva, los niños buscamos llamar la atención y, por eso, lloramos. Para qué reconocer un error pudiendo decir que el niño llora porque quiere llamar la atención. Para qué pensar. Para qué leerle cuentos, si ya le enseñan a leer en el colegio. Para qué pasear con él si ya te lo llevas a Mercadona los sábados y, ojo, que menudo coñazo te da con que le compres el puñetero Huevo Kinder. Para qué llevarlo al parque con otros niños, si se va a caer y va a llorar durante dos segundos y medio, y encima se llenará de tierra y habrá que darle una ducha más larga que de normal, por lo que se dormirá más tarde y tú no podrás ver, en perfecta soledad, Gran Hermano. Para qué explicarle sus dudas, si “es muy pequeño, ya lo entenderá cuando sea mayor”.

Queridos padres del mundo, me tomo la libertad de escribiros esta carta porque quiero, necesito, debo y voy a pediros algo que vuestros hijos necesitan que cumpláis: os pido amor; os pido comprensión, paciencia y delicadeza; os pido más abrazos y menos gritos, que las cosas hablando se entienden mejor. Os ruego, con lágrimas en los ojos, que borréis de vuestro vocabulario esa frase que no paro de oír en todos lados; “¡Estáte quieto! ¡Siempre pensando en jugar!”. Os pido tiempo; tiempo para dedicar a esos seres que, orgullosos, os creen héroes y heroínas. A cambio, por mi parte, yo, en nombre de todos los niños y niñas del mundo de todas las edades comprendidas entre los 0 y 100 años de vida, os pido perdón. Perdón por la infinidad de noches que os hicimos, hemos, y haremos, pasar en vela preocupados por nuestros llantos, nuestros cólicos, nuestros “¡no tengo sueño!” cuando vosotros estabais rendidos; por los disgustos y la música a todo volumen. Os doy las gracias también; os las doy por habernos traído al mundo aunque nosotros no os lo hayamos pedido. Gracias por cogernos en brazos intentando mantener la calma cuando nuestros llantos ya eran escuchados en la otra punta del país —creo que los vecinos también os lo agradecieron en su momento—.

Y para finalizar, os pido, de corazón, que seáis pequeños. Aunque, seguramente, aún sois demasiado mayores para entender esto.

Atentamente, Jenny Fernández, una niña de 20 años.

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