» » » Sobre los candidatos independientes

Sobre los candidatos independientes

Dimensión Crítica

Por David Zepeda López
El candidato independiente, Pedro Kumamoto, inicia su camapaña por el Distrito 10 a las afueras del Congreso del Estado.  Foto: Alejandra Leyva
El candidato independiente, Pedro Kumamoto, inicia su camapaña por el Distrito 10 a las afueras del Congreso del Estado.
Foto: Alejandra Leyva

En la antesala de la elección de diputados que conformarán la Asamblea Constituyente de la CDMX —encargada de dar forma y fondo a la nueva constitución local—, ha resurgido el debate en torno a una figura política que, en los últimos años, ha sido objeto polémica: los candidatos sin afiliación partidista, mejor conocidos como candidatos independientes. En los últimos años, los candidatos independientes han llamado poderosamente la atención, pues éstos suelen presentarse como un elemento de renovación política: una figura llena de posibilidades y una verdadera alternativa para los votantes que están hartos de la partidocracia. Asimismo, la posibilidad de que cualquier persona pueda hacer valer su derecho de ser votado, sin que ello implique afiliarse a una organización política previamente constituida, suena realmente atractiva; además, poder votar por personas sin vínculos y deudas con la clase política —que hoy nos parece tan ajena— abre posibilidad a una reconciliación política. Sin embargo, cabe formular algunas preguntas entorno a esta figura tan prometedora: ¿realmente tienen posibilidades?, ¿es una figura que aporta a nuestra democracia?, y ¿qué tanto podemos esperar de ellos?

Primero, hemos de hablar sobre el sistema de partidos autorreferentes de México. Hoy, la mayoría de los partidos políticos de nuestro país no deja de decepcionar a sus votantes, ya sea porque sus procesos internos están plagados de irregularidades, toman decisiones sin consultar a sus votantes, o bien, porque imponen candidatos y alianzas esperando que sus seguidores los apoyen como si fuera un equipo de fútbol en una mala temporada. Es decir, la mayoría de los partidos políticos esperan que su hinchada les sea fiel sin importar las circunstancias, sus alineaciones y sus tácticas; esperan de sus seguidores un simple y llano amor pasional a la camiseta, alejado de toda razón, pues el votante es sólo un aficionado, o bien, para decirlo en otros, términos: la gran mayoría de los partidos políticos se han fetichizado. Me explico. En un sistema político, en especial en uno democrático, el fundamento ontológico, jurídico y ético es el pueblo, la comunidad política de base que lo configura, aquellos en quienes reside la legitimidad y la soberanía. Así, todo partido político debería ser una plataforma con ideales claros y un mecanismo institucional que dé cauce al conjunto de demandas emanadas por el pueblo: los partidos políticos debería trabajar con y para el pueblo, no trabajar al pueblo para el beneficio del partido; deberían ser instituciones que reciban y den causa a las demandas, siendo la única diferencia, entre los partidos, la ideología, los métodos y creencias políticas que lleven a la producción, reproducción y mejora de la vida de todos y cada uno de los ciudadanos. Desafortunadamente, en México, los partidos políticos han olvidado que su compromiso, fondo, fundamento y trabajo se debe al pueblo; se han olvidado de él, lo han dejado al margen de las decisiones importantes, han traicionado sus ideologías y han convertido a los ciudadanos en objetos, en números que sólo cuentan el día de la elección y medios para mantener el poder político, y la prima económica que conlleva. La preocupación del partido es el partido mismo, lo único que importa es mantener los puestos y están dispuestos a traicionar a sus votantes y sus ideas políticas con tal de mantener su lugar en el poder, o bien acceder a un puesto, eso es el fetichismo actual de los partidos políticos.

Ante estos partidos autorreferentes, surgen las figuras de los candidatos independientes como ciudadanos que, en teoría, no responden a esa lógica y que no tienen compromisos ni ataduras al sistema político —de partidos— vigente. Como tal, los independientes se presentan como ciudadanos que —supuestamente— responden y practican una democracia mucho más apegada al fundamento político del sistema: el pueblo. Sin embargo, la realidad ha demostrado que esto no es del todo así, pues la posibilidad de una candidatura realmente independiente parece imposible. Esto se debe a que, bajo las condiciones que fueron establecidas para presentar una candidatura, la situación se ve realmente difícil para aquel ciudadano que es del todo ajeno a alguna estructura o proyecto político previamente establecidos; todavía más difícil para aquel que no tiene los medios económicos, ya que juntar firmas de apoyo sin recursos es algo bastante complicado. Basta ver con detalle los casos de los candidatos independientes paradigmáticos de nuestro país, pues de los 3 candidatos independiente que triunfaron en las elecciones pasadas, solamente Pedro Kumamoto es ajeno a la estructura partitócrata, pues “el Broco” y Clouthier tenían un pasado partidista que les permitió tener aliados, recursos y una plataforma suficientemente estable como para impulsar sus candidaturas. Estas historias de “candidatos independientes” exitosos, sin embargo, han sido un incentivo para que diferentes agrupaciones y personas intenten formar parte de la vida política del país mediante la alternativa institucional que representa la figura de candidato independiente. Rumbo a la Asamblea Constituyente de la CDMX, por ejemplo, según datos del INE, 75 personas solicitaron su registro como candidatos independientes, pero sólo 50 de esas solicitudes procedieron, dándoles 60 días para juntar las 74 mil firmas de apoyo que requieren para ser oficialmente candidatos independientes. Es curioso que, incluso, podrían ser diputados con menos votos que las firmas requeridas para ser candidatos.

Ahora bien, en teoría, un candidato independiente que logre el registro tendría más legitimidad que algunos de los diputados electos, sin embargo, cabe preguntarse si realmente el candidato independiente es una alternativa alejada del fetichismo y la corrupción política. ¿El candidato independiente es LA respuesta democrática que necesitamos?

A mí parecer, si bien el candidato independiente tiene a su favor muchas cosas, la figura no está exenta de caer en las prácticas fetichistas y deleznables a los que tienden a caer algunos de los partidos políticos ya establecidos. La figura del candidato independiente podría ser utilizada, por ejemplo, como parte de estrategia política para restarle votos a algún contrincante fuerte; los partidos podrían lanzar a alguien por la vía independiente con propuestas afines al candidato a vecer para que divida el voto. También, la figura del independiente puede ser parte de una estrategia para limpiar la imagen de un político; le permitiría aparentar estar alejado del partido político al que pertenecía y tenía mala fama, mientras, tras bambalinas, es apoyado por susodicha organización. Asimismo, los candidatos independientes que son parte de alguna estructura u organización política ya establecida, podrían —como algunos partidos políticos— beneficiar únicamente al grupo que los apoya y dejar de lado el interés popular; y, en este caso, lo preocupante es que los candidatos independientes adaptarían las prácticas demagógicas de los partidos —i.e. hacerse de las agendas y temáticas necesarias para conseguir votos—.

En lo personal, veo las candidaturas independientes con buenos ojos, pues creo que son figuras que me parecen necesarias en la democracia; son personas que pueden mantener un vínculo más próximo con el fundamento de lo político; y son la representación de la negación y el fastidio ante nuestro sistema de partidos, el cual, necesita reformarse.

Samuel David Zepeda López, México.

Más sobre el autor

 

Dejar un comentario