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La transición que viene

Ciudadanía 3.0

Por Juan Balam
El presidente Enrique Peña Nieto durante la inauguración del foro mundial de Davos, en 2015. Fotografía: REUTERS/Enrique Castro Mendivil
El presidente Enrique Peña Nieto durante la inauguración del foro mundial de Davos, en 2015. Fotografía: REUTERS/Enrique Castro Mendivil

Mientras hago mis tareas universitarias descubro muchas cosas interesantes, otras repugnantes y otras tantas que sigo sin entender —por si acaso, estudio Ciencia Política—. Dentro del primer grupo, puedo distinguir varias situaciones que vivo en el día a día, gracias a que me dedico a las agrupaciones de la sociedad civil y a que he podido ver de cerca a políticos, empresarios y activistas locales y nacionales en acción.

Leía a Lorenzo Meyer en El presidencialismo, en busca del justo medio, donde explica claramente la evolución del poder central en nuestro país, cómo fue cambiando y por qué. A esto quiero decir que siempre me ha parecido importante el que estudiemos historia, pues creo firmemente que el que estudia sus raíces se enamora perdidamente y hace algo por su nación, por el mundo. Después de esa acotación, debo seguir insistiendo en que las transformaciones que hemos tenido como país en cuanto a la precepción del poder, de su ostentación y ejecución son bastante notables, porque todo sigue una misma línea: la línea revolucionaria.

Primero, no existió un poder verdadero en quien era el presidente; después no era el poder de la figura presidencial, sino el liderazgo de quien lograba hacerse presidente quien dirigía todo (finales del siglo XIX); y, por último, el presidente por sí mismo se convirtió en la fuerza política por excelencia (sin importar quien ocupara ese lugar).

Todo esto te lo escribo, amigo lector, porque quiero hacernos una pregunta: ¿Qué evolución sigue ahora? Piénsalo un poco, pero seguramente ambos llegaremos a darnos cuenta de que ese cambio ya se está dando. Hoy el presidente, sea Peña Nieto o quien fuere, tiene un poder amplio, pero no ilimitado. Además, están surgiendo cada día nuevas agrupaciones de la sociedad civil, empresas con responsabilidad social y grupos activistas que hacemos contrapeso a las decisiones de gobierno —a través de redes sociales o con acciones concretas, como la Ley 3 de 3—, lo que obliga a quienes ostentan el poder, en los diferentes órdenes de gobierno, a escuchar y tomarse tiempo para la ciudadanía organizada (no para el ciudadano común).

Sin duda, esto es un avance que todavía debemos consolidar con nuestras acciones diarias. El México del “Papá gobierno” se extingue poco a poco, pero puede resurgir si no tomamos esta oportunidad única como debe ser, con responsabilidad y acción desde nuestra propia trinchera.

Muchas veces me enojaba al pensar que pocos mexicanos aportamos para que el cambio sea posible, pero un día entendí que no necesitamos a “los mexicanos” —como una horda revolucionaria que resolverá los problemas del mundo—, sino que los mejores mexicanos se unan a la causa, los liderazgos más aptos sean descubiertos e impulsados para que, siguiendo cada quien su vocación, demos nuestro tiempo a una causa que merece todo de nosotros: hacer de México el país que siempre hemos merecido ser.

Juan Balam, México.

Fuentes:

MEYER, Lorenzo, El Presidencialismo Mexicano: En busca del justo medio, CIDE, 2000. Nota en Internet.

 

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3 Comentarios

  1. Esteban Rosado
    | Responder

    Querido Juan, he leído tu artículo y te quiero compartir mi opinión. Como seguro coincidirás conmigo, es irrefutable establecer que en México se ha establecido un presente marcado por los terribles y opacos remanentes de una historia que ha dejado un persistente status quo en el país que hoy habitamos. Desde el nacimiento de la genuflexión hacia el gobierno con el Maximato, o la consolidación de la democracia de cuates en el gobierno de Miguel Alemán, o incluso en una economía que sigue sufriendo los impactos de la ineptitud del manejo económico de Gustavo Díaz Ordaz. Es común oír quejarse del desacuerdo político, la desastibilidad y el desmoronamiento de objetivos difusos; yo más bien creo todo lo contrario. Se vive en un estado de completo acuerdo hacia ciertos axiomas que se establecen como aceptados y universales, por más de que sean ilegítimos y deplorables en relación hacia una engañosa evolución que solo disfraza hechos que se han normalizado a través del tiempo. Como dicen tantos analistas, que México se haya convertido en un país de “Por lo menos” lo ha llevado a mirar con ojos conformistas el desempeño del Estado. Es verdad que hoy vivimos una etapa de transición, pero en mi parecer ese mismo es uno de los problemas más peligrosos que el país afronta, una eterna metamorfosis donde se tambalea la dirección definitiva a la que se dirige el país, y con la cual tropieza por estar con un pie yendo hacia adelante y otro hacia atrás. Los avances en cobertura educativa turbios hacia la falta de calidad, o el progresismo en valores jurídicos hacia apoyo a migrantes en contraste a la expulsión de casi 18,000 refugiados de Centroamérica. Si hoy México sigue en una etapa de transición, no es más diferente a la que tuvo en el despliegue de movimientos revolucionarios en 1910 que resultaron en un desastre de políticas públicas por el olvido persistente del gobierno en la única inversión fructífera que es el pueblo. Yo hoy veo a un país impedido, sordo hacia las críticas, mudo ante los problemas, ciego ante la realidad y desvalido ante la historia. Como bien lo mencionas, y en total acuerdo, si México empezara a entender historia dejaría de repetir un ciclo absolutamente descabellado en las que se pasa de un sistema a otro sin fijar los objetivos en los verdaderos problemas: la corrupción y la alienada sociedad que se alimenta de ella. Hoy creo que México ha vuelto un reiterado chascarrillo rítmico, y espero que eso sea lo que justamente cambie en la sociedad: el sosiego hacia la participación pública. Porque cada vez son más los que acusan a México de incomponible, de que es un Estado perdido e incurable, por eso es precisamente la importancia que tiene el comprometerse a informar, exponer y compartir, como tú bien lo haces. Por esos mexicanos que continúan haciendo de México un hercúleo valle de esperanzas en la siembra de una campiña pesimista. Me encantaría escuchar tu opinión, porque verdaderamente creo peligroso tratar de excusar a alguien como Enrique Peña Nieto, protagonista uno de los sexenios más infames, deshonrosos y ruines de la historia mexicana, aunque sea en lo más mínimo. Creo que es importante dejar de culpar al sistema, sobre todo cuando más del 54% de las propuestas de ley aprobadas han sido en efecto del señor presidente. Es verdad que su poder tiene límites, lo vemos claro en el mal manejo mediático de la llamada casa blanca, sin embargo cuando se trata de llenar los bolsillos de unos cuantos, ganar una elección ilegítimamente o abstenerse de tener la más mínima sensibilidad ante familiares de jóvenes desaparecidos durante su mandato toda esta delimitación de mando se vuelve incierta.

  2. Horacio Colon
    | Responder

    Estimado Sr. Balam:
    Coincido en mucho en lo que escribió en su artículo, pero la gente cada vez está más decepcionada del modelo político actual, estará de acuerdo que cada vez son más sinvergüenzas los políticos hay más impunidad y corrupcion, creo que ya es tiempo de poner como coloquialmente se dice “borrón y cuenta nueva”, ya que se está comprobando que cada día hay más pobreza, menores oportunidades, promesas de campaña que nunca se cumplen, mentiras etc, etc, la ley 3 de 3 efectivamente es un avance pero creo que cuando llegue a las cámaras de diputados y senadores para su discusión y aprobación la van a bloquear o cambiarla a su favor y si no al tiempo.
    Hay que cortar de raíz, como dicen “muerto el perro se acabo la rabia”, hacer un movimiento social sin violencia y cambiar el esquema, como sucedió en Guatemala y en Argentina.

    • Juan Balam
      |

      Qué tal, Horacio:

      Gracias por hacerme llegar tus comentarios, son muy valiosos. Respondiendo a lo que bien dices, el sistema político mexicano actual ya no aguanta más, porque ya no aguantamos más los mexicanos. Precisamente es de lo que hablo aquí, tal vez no logré expresarlo adecuadamente, pues estamos despertando de nuestro letargo como ciudadanos y estamos dando pasos acertados para transformar la política nacional. El primer paso para esto, desde mi punto de vista, es que muchos compatriotas hemos descubierto la mentira más grande que nos han dicho durante años: “Las cosas nunca van a cambiar”. Las cosas ya están cambiando, las estamos cambiando, y será más rápido si nos unimos más y más.

      ¡Un abrazo!

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