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¿El populismo llega a su fin en la región?

Sombras de mi país

Por Eduardo Arellán
La presidenta de Argentina, Cristina Fernández, de izquierda a derecha, el presidente de Bolivia, Evo Morales, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y la presidente de Brasil, Dilma Rousseff. Fotografía: AFP PHOTO/LEO RAMIREZ
La presidenta de Argentina, Cristina Fernández, de izquierda a derecha, el presidente de Bolivia, Evo Morales, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y la presidente de Brasil, Dilma Rousseff. Fotografía: AFP PHOTO/LEO RAMIREZ

 

Luego de la caída del muro de Berlín en 1989, la política cambió radicalmente, no sólo en su estructura y en los medios que usaría para llegar a la comunidad, sino en los discursos y en las díadas que eran representados bajo la bandera de Estados Unidos y de la extinta Unión Soviética.

Recién acabada la Guerra fría, en el mundo predominaba una visión unipolar orientada, en todos sus sentidos, por EEUU. La mayoría de los partidos que en algún momento se llamaron radicales, al menos en Europa, fueron aplacados bajo la nueva dinámica y tuvieron que redireccionar su discurso político hacia una alternativa conciliadora y pragmática de los problemas nacionales e internacionales. Así, se le dio más importancia a los ‘centros’ políticos; grupos y fuerzas que, poco a poco, más por su accionar, se van distanciando de los radicalismos y viejas formas de hacer política, transgrediendo los viejos parámetros y rompiendo todos los esquemas, tomando luchas y posiciones que en algún momento fueron denominadas antagónicas para la vieja díada. Los ‘centros’ establecen una síntesis de visiones que fueron —o se pensaba que eran— contradictorias. Un primer ejemplo de eso son los partidos ecologistas en Europa, ya que su principal lucha son las políticas que ayuden a salvaguardar todo el medio ambiente, sin depender, ética y moralmente, de la posición en el espectro político —derecha e izquierda— que ocupan susodichas políticas.

Sin embargo, en América Latina, los movimientos y fuerzas políticas tienden a distanciarse con los cambios en Europa. En el inicio del milenio, varios partidos denominados de izquierda, que iniciaron su ascenso al poder bajo un discurso conciliador, —como el chavismo en Venezuela (1999), el kichnerismo en Argentina (2003) y el Partido de los Trabajadores en Brasil (2003)— se fueron aliando para ‘’derrotar’’ el mundo unipolar dominado enteramente por EEUU. Así surgen los los populismos del siglo XXI, los cuales se imponen en países debilitados por las crisis económicas de los años 80 y la ascendiente tasa de pobreza y desempleo que azota a la población.

Trece años después del ascenso y consolidación de los movimientos populistas latinoamericanos del siglo XXI, el escenario no es nada alentador para dichas fuerzas. Dos de sus grandes líderes fallecen en medio de su actividad política —Nestor Kichner en 2010 y Hugo Chávez en 2013—. El PT, en Brasil, vive días oscuros al tener a sus dos líderes —Dilma Rousseff, actual presidente del país, y al ex presidente Lula Da Silva— a nada de caer en un Impeachment por presunta corrupción y malversación de fondos. En la Argentina, Cristina Kichner no pudo continuar el legado de su esposo al perder, a finales del 2015, a través de su candidato Daniel Scioli, la presidencia de la República, dando como resultado un cuestionamiento en el Peronismo de base a la figura de la ex presidente. Esto ha dado ocasión para una ruptura interna que ha favorecido al gobierno de Mauricio Macri tener campo abierto para gobernar.

En Venezuela, a pesar de que el chavismo todavía ejerce el poder, el presidente Nicolás Maduro presenta una crisis de gobernabilidad al perder en las elecciones parlamentarias a finales del 2015 más del 70% de los curules. Ligado a esto, se vislumbra una posible crisis interna que presenta el partido de gobierno al cuestionar su liderazgo. La oposición venezolana, por su parte, se prepara para dar luz verde a un pronto referendo revocatorio estipulado en la Constitución y, así, lograr la posible salida de un presidente que no sólo ha dejado de resolver los problemas de los venezolanos, sino que los ha agravado, teniendo como consecuencia los resultados de una imperante escasez de alimentos y rubros, así como una hiperinflación insostenible para el bolsillo del ciudadano.

No se puede negar que los gobiernos populistas de América Latina, en el siglo XXI, han hecho políticas importantes que en su momento lograron estabilizar la economía en sus respectivos países, así como notables políticas sociales contra las desigualdades que vive la sociedad latinoamericana. Sin embargo, el autoritarismo, la demagogia y el personalismo político han sido los gérmenes de estos gobiernos, promoviendo una inestabilidad institucional en la región y grandes injusticias en los derechos de los ciudadanos. El fin de los gobiernos populistas en América Latina posiblemente esté llegando a su fin, no lo sabremos hasta que llegue el día, pero sí podemos concretar que esta época fue un obstáculo más en ese largo camino hacia la verdadera democracia y los derechos humanos.

Eduardo Arellán, Venezuela.

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