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Cordón Umbilical de Acero

Cartas Abiertas

Por Elvias Alejandro Zorrilla
Madre e hijo, obra de Pablo Picasso.
Madre e hijo, obra de Pablo Picasso.

 

No fui abandonado por mi madre a los seis años como Truman Capote, ni entregado a una nodriza por cuatro años para que me criara como lo hicieron con Honoré de Balzac, ni mucho menos me hizo falta como a Baudelaire: “Querida madre, si posees realmente un alma maternal y si todavía no estás harta, ven a París, ven a verme, e incluso ven por mí. Yo, por mil razones terribles, no puedo ir a Honfleur en busca de lo que tanto desearía, un poco de ánimo y unas caricias […]”. Mi madre tampoco creó una tremenda mentira como lo hizo la madre de Mario Vargas Llosa al decirle que su padre había fallecido. No señor, nunca mató a mi padre.

La relación con mi madre fue todo, absolutamente todo lo contrario. Con ella aprendí a caminar, a pesar de las diversas caídas. Ella es mi sombra, al igual —quizá más— que la madre de Jorge Luis Borges y hasta me animaría a copiar las palabras que Cortázar refirió acerca de la suya: “Con mi madre he mantenido siempre una relación magnífica, amistosa […]”. Ahora que escribo esta nota, retrocedo dieciocho años y la veo ahí, posponiendo a mi padre en segundo plano mientras me daba su cuidado y mientras crecía —eso me cuenta— haciendo llover sobre su cabeza todas las preguntas que bullían en la mía.

Jamás pude enfrentarme a ella. No tenía, ni tengo, la valentía para hacerlo. Solo bastaba su mirada de fuego para controlarme. En mi niñez, sus gritos ponían en mute los alaridos que hacía junto a mis primos. Sus gritos y su mirada siempre fueron su mayor arma. Recuerdo que mis compañeros de secundaria más temían a ella que a la auxiliar de disciplina. Una vez (miércoles para ser exacto), el profesor de matemática, que ya descansa para siempre, había faltado a clase y nosotros —quinto de secundaria— habíamos planeado encerrarnos en el salón y hacer de las nuestras; es decir, jugar fulbito. Fue un gran trabajo, tuvimos que amontonar las veinte mesas, las cuarenta sillas y armar nuestros propios arcos de mesas. Nunca nos habíamos organizado a pesar que era el último año escolar, pero para esta ocasión hasta seleccionamos a la persona encargada de cuidar si la auxiliar o la directora venía al salón. De pronto, René Anampa, quien tenía su mirada hacia pasillo del pabellón de secundaria, volteó a vernos y con ojos saltones dijo desesperadamente: ¡La mamá de Elvis! ¡La mamá de Elvis! Me detuve y vi que todos mis compañeros se desesperaban como quien pierde el control en un terremoto. Cada uno cogía bien una mesa o dos sillas para ordenar el salón. No recuerdo dónde llegó a parar la pelota. Cuando ya estábamos sentados y el silencio gobernaba el aula, se escuchó que alguien tocaba la puerta. Todos nos miramos. Nadie quería abrir. La puerta seguía sonando con insistencia hasta que uno se puso en pie. Abrió la puerta y era ella. Las cuarenta miradas fueron hacia mí y solo llegué a escuchar “He venido para preguntar a tus profesores cómo vas en sus cursos” y se fue dejándonos un nudo en la garganta. Se fue dejándonos con el miedo que chorreaba por nuestra frente.

Sí señores, ella es mi madre. Welcome.

Lo que detesta es la bulla y justamente eso que heredé de ella. No es culta, pero es incurablemente amorosa. Ama por sobre todas las cosas a Dios y está dispuesta a dejarlo todo por Él, por mi padre y por nosotros, sus hijos. Ahora que tengo veintitrés años me aferro a todos esos recuerdos como un náufrago al salvavidas y siento que aún sigo anidado a su regazo, que aún tengo ese cordón umbilical de acero que me unirá a ella por toda la vida.

Madre, quizá no me leas pero hoy he intentado escribirte muchas cosas y no he hallado palabras que abarquen todo lo que has hecho. He ideado, no miento, durante todo el día palabras que reflejen tus ojos de hecatombe, tus manos de palomas blancas, tu sonrisa inefable que pone en marcha toda obra, pero hasta ahora no logro pescar ni un verso en este mar ya calmado.

Madre, aún veo tus ojos de veinte años.

Elvis Alejandro Zorrilla, Perú.

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