» » » Oaxaca: el fuego y sus cenizas

Oaxaca: el fuego y sus cenizas

Portalápices

Por Guillermo Guzmán
Tomada de: Editorial Golfo Pacífico
Fotografía: Editorial Golfo Pacífico

 

Amanece en Oaxaca con ese frescor característico de la ciudad cuando agoniza la noche. Se extinguen sobre el pavimento las fogatas hechas como improvisadas barricadas. Una nube de confusión similar al humo que desprenden las lumbradas y los autobuses incendiados se esparce sobre la ciudad. El campamento de los profesores que protestan en el zócalo de la ciudad —desde hace cerca de un mes por la abrogación de la reforma educativa— trata de sobrellevar los resquicios de la vigilia sobre un posible desalojo por las fuerzas policiacas. El motivo: la madrugada de este 12 de junio, una protesta mantenida por los profesores frente al Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca fue disuelta por 800 policías de diferentes corporaciones que, portando equipos antimotines, dispersaron al numeroso grupo de profesores con gas lacrimógeno. El caos se hizo ley entre las piedras, las balas de goma y los proyectiles con gas que fueron percutidos en las calles, la atmósfera se vuelve enrarecida. Más aún cuando una trágica y curiosa coincidencia se hace presente: faltan dos días para conmemorar el décimo aniversario del fallido desalojo a los profesores, ordenado por el vulgar tiranuelo Ulises Ruiz, quien, en 2006, ostentaba el cargo de gobernador de Oaxaca, y, más estridente aún la coincidencia, él había dejado en segundo lugar en las elecciones al actual mandatario estatal. El desalojo magisterial de aquel junio lejano fue el suceso que desencadenó uno de los conflictos sociales más tristes y violentos de la historia reciente de México.

¿Será que estamos ante el posible nacimiento de un conflicto en Oaxaca como el sucedido en 2006?  El transcurrir de la historia nos dará la respuesta. Se dibujan factores que inclinan a pensar que probablemente así sea. Hay un descontento popular  generalizado por los resultados de la reciente elección para gobernador, donde el hijo de un ex gobernador del partido “oficial” ganó las elecciones por una minoría electoral; los crecientes casos de corrupción de la saliente administración; las desaseadas finanzas estatales; las peticiones aplazadas a la disidencia de la CNTE; el caos generalizado por los altos índices de pobreza y criminalidad; pero, sobre todo, el desencanto de la sociedad por las instituciones estatales.

Pero ¿qué se puede decir sobre una de las “reformas” más polémicas de la administración peñanietista, la reforma educativa, que es hoy motivo de semejante batalla callejera? Simplemente, lo que los años en los que la han intentado imponer han mostrado que es una reforma que pretende “elevar la calidad educativa” con un examen para los docentes (donde si hubiera un poco más de seriedad y honradez se aceptaría que tiene más tintes laborales y contractuales). La reforma es una puesta en escena donde se juega a la “escuelita”, determinando si el profesor, al pasar un cuestionario, “es apto o no” para enseñar; un conjunto de cuartillas por las cuales se disgrega un conglomerado de “recomendaciones” donde no se tocan puntos fundamentales como la infraestructura de las escuelas —muchas de ellas en comunidades rurales e incluso en la periferia de las grandes ciudades— en estado deplorable. Tampoco se habla de los planes y programas ni de los cambios necesarios a un sistema educativo mexicano deficiente que necesita urgentemente reestructurarse.

Uno de los ejemplos más acertados sobre la reforma es el que realiza el Dr. Manuel Gil Antón, connotado investigador del Colegio de México, al cual parafrasearé a continuación:

El sistema educativo son varios componentes que se podrían ejemplificar con un chofer, un autobús y una carretera. En Finlandia, el chofer está bien capacitado, el autobús es un Mercedes Benz y la carretera está bien asfaltada. Caso contrario en México: al chofer no lo capacitan, el autobús es viejo —casi obsoleto—, la carretera tiene millones de baches y, aparte, es insegura porque asaltan en el camino. La lógica gubernamental mexicana dicta que el problema de la transportación de los pasajeros se soluciona despidiendo al chofer.

Es escalofriante también darse cuenta que desde 1924 (tiempo en el que José Vasconcelos estuvo al frente del Ministerio de Educación) no ha habido otro funcionario capaz de igualar la genuina preocupación por la educación que tenía el polifacético personaje. Durante el mandato del actual Presidente, han desfilado dos secretarios de educación; ninguno de ellos tiene la experiencia ni ha tenido ningún cargo que lo vincule al ámbito educativo. Uno —Emilio Chuayffet— está acusado por omisión como funcionario en una masacre acontecida en Guerrero, en 1995, mientras que el actual —Aurelio Nuño— está más preocupado por asfaltar su camino hacia la silla presidencial y en debatir con el posible candidato presidencial para el 2018 del partido MORENA. ¿Qué se puede esperar de personajes así? Aunque el término evaluación está tan de moda actualmente, ¿no sería tiempo ya de que también la ciudadanía evalúe a su Secretario de Educación y, valorando su ineptitud, se determine sí es competente o no?

Lo cierto es que mientras a unos les inventan cargos y los mandan presos, sin el debido proceso legal ni la presunción de inocencia, en Oaxaca y en todo el país quieren imponer una reforma educativa con helicópteros y gendarmes donde, a todas luces, hay un ominoso viso de “vendetta” personal hacia la disidencia más fuerte, uno de los contrapesos más serios para el actual gobierno mexicano: la CNTE. Lo que acontece en Oaxaca con este fenómeno social debería dar la advertencia coloquial: “Que dios nos agarre confesados”, pues se respira un tufo gigantesco de autoritarismo para quién disienta de los “mandamientos” del “Moisés mexiquense”. Haga usted sus propias reflexiones.

La CNTE  tiene grandes yerros como lo son una terrible intolerancia hacia los que piensan distinto a su agenda, métodos de protesta que vulneran los derechos de la población y un anquilosado cacicazgo sindical. Lo cierto es que la educación nos compete a todos. Sí, usted que está leyendo esto, debería tomarse unos minutos para pensar en cuántas escuelas públicas ha estudiado y cuántas personas que conoce han estudiado en escuelas públicas. Después de elucubrar sobre esto, le aseguro que ya no le parecerá un punto menor, sino un tema urgente de reflexionar y de informarse.

Le mando un saludo desde la nublada e incierta Oaxaca.

 

Guillermo Guzmán, México.

Más sobre el autor

Los comentarios están cerrados.