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Una reflexión sobre la realidad virtual

Dimensión Crítica

Por Samuel David Zepeda López
Fotografía: Techinsider.
Fotografía: Techinsider.

 

Hace unas semanas salió al mercado —de manera oficial en algunos lados, de manera underground en otros— una de las aplicaciones electrónicas que más revuelo ha causado desde que el internet y los teléfonos celulares se han vuelto elementos de suma importancia en el devenir y la cotidianidad de la clase media y alta: hablo de Pokemon Go, una aplicación de “realidad aumentada” en la que el jugador tiene que salir a las calles y capturar pokemons. Pokemon Go es una aplicación increíble e innovadora que, sin lugar a dudas, cambiará el paradigma de la producción de aplicaciones y videojuegos a nivel mundial. Sin embargo, para este artículo, Pokemon Go sólo es un punto de referencia, pues junto a otras aplicaciones, como Facebook, Twitter, WhatsApp, Instagram, Snapchat y Pinterest —entre muchas otras— nos han conducido hacía lo que podríamos denominar una nueva etapa en la pobreza de la experiencia, o un nuevo nivel en el fetichismo de las mercancías; un mundo de la apariencia, pero esta vez, de la apariencia virtual.

Para poder dar cuenta de ello, utilizaremos el ejemplo de la caverna de Platón. La alegoría narra cómo un grupo de personas están encadenadas al interior de una caverna y, por lo tanto, no pueden apreciar la realidad (todo lo que sucede al exterior de la caverna). En cambio, este grupo de personas sólo puede ver las sombras de los objetos que están al exterior de la caverna. Así, las sombras proyectadas en la pared de la caverna son lo único que los humanos atados al interior de la caverna pueden ver; su realidad son las sombras, pues es todo lo que logran percibir. Sin embargo, cuando uno de ellos escapa, logra ver la realidad y regresa a la caverna para tratar de dar cuenta a sus colegas de lo que hay allá afuera, nadie le cree. ¿Cómo es posible que exista algo más allá?

Algo similar es el argumento planteado en la película de Matrix. La matrix proyecta ante los ojos de los hombres algo que aparenta ser real (las sombras), mientras Neo y Morfeo —quienes ya han visto la realidad— intentan liberar a los demás seres humanos, pero estos no comprenden esa otra realidad.

Así, en nuestros días, la matrix se ha posicionado nuevamente como la realidad, las sombras de la caverna han evolucionado y se han conformado en entes digitales que proyectan imágenes no sólo de nuestro mundo, sino incluso de nosotros. Todas y cada una de nuestras redes sociales se han convertido en nuestra imagen virtual: aquello que proyectamos a los demás, nuestro yo virtual, nuestro alter ego de lo que nos gustaría ser y que queremos que los otros piensen de nosotros, por eso llevamos registro de lo que hacemos, lo que pensamos, los lugares que visitamos, nuestras opiniones, etc. Tratamos de dejar nuestra huella en el mundo virtual.

Pero a diferencia de nuestros ejemplos, parece ser que este nuevo mundo de sombras ya no es proyectado por alguien o algo más, sino que lo hemos aceptado poco a poco y lo hemos venido alimentando cada vez más; las redes sociales son alimentadas, fomentadas y consumidas por nosotros. Estos mundos virtuales han terminado por convertirse en el mundo de la realidad, lo que pasa ahí se convierte en la realidad, la imagen proyectada es ahora la verdadera persona y la persona real se ha convertido en el instrumento que sustenta y da vida a ese yo virtual, tan es así que si alguien comete algún error en el medio electrónico le pude incluso costar el trabajo.

Así, nuestro yo real, se ha convertido en el sustento de nuestro yo virtual, la persona hace ejercicio, visita lugares, toma fotos y sale de casa con el propósito de dar testimonio para el mundo virtual, para dar cuenta de lo interesantes que son nuestras vidas. Comentamos cosas, expresamos nuestros pensamientos y compartimos imágenes divertidas para proyectar la idea de que somos personas interesantes: nos hemos convertidos a nosotros mismos en mercancías y tratamos de vendernos a través de todos los medios que tenemos a nuestra disposición.

Es más, en muchas ocasiones las relaciones que forjamos ya no son entre nosotros —persona a persona—, sino que es de nuestra imagen virtual con la imagen virtual de alguien más. Consumimos y vendemos proyecciones de lo que creemos somos y lo que creemos merecemos. El ejemplo más obvio es el de Tinder, una aplicación en donde literalmente revisamos un catálogo de “productos”—personas— hasta que alguno nos convence para entablar una relación, pero si nosotros no tenemos una mercancía que ofrécele a ese vendedor que nos gustó, la operación será imposible. Es por ello que se seleccionan con detalle las imágenes que se usarán, así como la información que promoverá la imagen que se vende.

De la misma manera, cosas como el Messenger de Facebook, así como el WhatsApp, que, si bien son instrumentos de comunicación inmediata, se han convertido en mediaciones de la comunicación que nos permiten pensar (aunque no siempre se haga) detenidamente lo que escribimos, antes de enviarlo, así nos cercioramos de que lo que diremos será algo ad hoc con lo que aparentamos que somos. Al hablar con alguien, en especial con alguien al que queremos proyectar una cierta imagen, no contestamos lo que pensamos inmediatamente, sino que cual ajedrecista, buscamos adelantarnos no sólo a nuestros movimientos, sino a los movimientos de a quien enfrentamos, intentamos que lo que vayamos a escribir no se preste a ciertas interpretaciones y se hile con una posible respuesta y, principalmente, que ayude a formar esa imagen que queremos en el otro.

De esta manera, pareciera ser que las redes sociales no han completado el objetivo que tanto promulgaban: esa posibilidad de la comunicación y de la ruptura de la distancia. Si bien las telecomunicaciones han terminado con ciertas limitaciones corpóreas y físicas, también ha impuesto imágenes de corte virtual, creando el fetichismo de la comunicación, evitando el encuentro, pues ya no se comunica un yo con un tú, sino una imagen virtual con otra imagen virtual, lo que posibilita cerrar la comunicación en cualquier momento. Cualquier discusión en internet puede ser una plática con la pared o con un objeto y es que, de hecho, estamos frente a un objeto y con quién pretendemos comunicarnos también está frente a otro objeto, por lo que la interpelación puede ser cancelada en cualquier momento, abriendo otra ventana o cerrando la plática.

Por otro lado, los seres humanos hemos terminado por convertirnos en esclavos, pues como bien señala Marcuse en El hombre unidimensional, “la esclavitud está determinada no por la obediencia, ni por la rudeza del trabajo, sino por el status de instrumento y la reducción del hombre al estado de la cosa”. Y es que hemos pasado de ser sujetos de acción a objetos de reacción, somos herramientas de las herramientas, objetos que deben satisfacer los deseos de otros objetos, compramos las actualizaciones que nos piden, vistamos las páginas de quién nos dicen, compramos los complementos que nos piden, y ahora con aplicaciones como el Pokemon Go, salimos de nuestras casas para visitar los lugares que nos dicen, caminamos las distancias que nos piden, nos hemos rebajado a herramientas de los objetos, etc..

Así, en lugar de salir de la caverna para ver la realidad y regresar a liberar a nuestros colegas, parece ser que aquel que entró a la caverna virtual fue a la realidad por nosotros para meternos a esa mundo virtual, y nos ha gustado tanto el mundo de las sombras que nos hemos encadenando de manera libre a ese mundo virtual y poco a poco lo hemos aceptado como nuestra realidad, afortunadamente como medio e instrumento, el internet, las computadores y celulares siguen teniendo la posibilidad de ser utilizados para otro propósito, pero hoy son mayoritariamente instrumentos de sombras y de un sistema económico al que le conviene este tipo de consumo.

 

Samuel David Zepeda, México.

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