Otro mundo

Drain Us

Por Arlette Souza
Un grupo de personas espera el metro a las afueras de Nueva York. | Fotografía: Justin Lane.
Un grupo de personas espera el metro a las afueras de Nueva York. | Fotografía: Justin Lane.

¿Sabes que es lo que más odio? —le pregunté a la chica de ojos azules que me miraba fijamente; no me contesto, pero yo sabía que ella quería escucharme. —Lo que más odio es ver aquellos robots, vestidos de humanos, entrar a ese túnel, como si se tratase de ratas, esperar todos los días 15 minutos a que llegue el metro, introducirse en él, unos sobre otros, simplemente para ser llevados a sus cárceles, donde se sentaran frente a una pantalla que les consumirá la vida.

La navaja se resbaló de mis manos cuando me hundí más en las frías sábanas, perdiendo de vista a la chica de los ojos azules. Recogí la pequeña navaja, la puse a la altura de mis ojos y apareció de nuevo esa chica ojerosa de ojos azules.

—Sí, te decía —continué contándole— odio viajar en metro muy temprano, a esas horas cuando ni el sol ha despertado, pero esos pobres seres ya tienen que comenzar su día, porque este mundo no les permite descansar. Pero odio más ver las piedras esculpidas en lo que se han convertido sus rostros. Me da miedo, ¿sabes? Ver jóvenes de 19 años vestidos con algún uniforme de alguna empresa rica de por ahí, de las que contratan robots y venden promesas que, después, evolucionan y se vuelven decepciones. Ver un joven de 27 años con un traje elegante y ojos que alguna vez soñaron, pero que ahora ni siquiera pueden dormir porque descubrieron que los trozos de papel que recibe, cuando baja la cabeza y espera atento a una indicación, no son el pase a esa vida feliz que le prometió un verdugo vestido de alguien en la vida. Luego están esas señoras de 35 años, esas que ya no tienen piel, sino una bolsa de papel donde dibujaron un arco iris; tienen que utilizarla, ya no son los mismos tiempos de antes. Y, por último, las personas a las que su piel se ha marchitado, pero eso es natural, hermosamente natural; lo tenebroso es ver sus ojos y darte cuenta que su alma esta muerta y solo pasan los días esperando que llegue el fin del ciclo de su órgano vital. Lo bueno es, amiga mía, que ya no tengo que soportar más ver eso; no tengo que ver cómo las personas hacen de sus sueños la calle por donde toda la sociedad camina y ellos mismos transitan día a día.

Esperé en silencio la respuesta de mi amiga de ojos azules, pero ella no dijo nada, solo me miro con tristeza. ¿A quién no le da tristeza esta sociedad de borregos que caminan todos juntos y felices a un matadero y ni siquiera lo notan? Seguí observando a mi amiga, pero ella nunca contestó. Me sentí sola, como siempre, sola, pero no me quejo, hay una solución, siempre la ha habido, solo que no me dejan llevarla a cabo; siempre alguien tiene que detenerme: “no lo hagas, piensa en tu familia, tienes un futuro prometedor, toda una vida por delante, puedes vencer esta depresión”. ¿Depresión? ¡Ah! Sí, así es como ellos le llaman, pero no, no es depresión, es solo que este mundo no es habitable, quiero irme a otro, lo que ellos le llama “morir” y les da miedo. ¿Por qué miedo? Más miedo me da perderme en toda la multitud de sentimientos caducados, perderme a mi misma y no volver a encontrarme, eso me da miedo.

—Entonces, ¿no opinas nada? —le pregunté a mi invitada de ojos azules. No contestó. —En fin, como quieras, seras la última persona con la que hable, les dirás que no se preocupen, que la muerte no puede ser tan mala como ellos creen.

Llevé la navaja a esas líneas azules, perdiendo, así, los ojos tristes y azules, pero no me perdería, no a mi. No me perdería a mi.

 

Arlette Souza, México.

Publicado originalmente en Drain Us.

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