» » » La vanidad minúscula

La vanidad minúscula

Moros con tranchetes

Por Julio César Toledo
Delegación olímpica mexicana previo a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Río 2016. | Fotografía: Twitter de Alfredo Castillo, CONADE.
Delegación olímpica mexicana previo a la inauguración de los Juegos Olímpicos de Río 2016. | Fotografía: Twitter de Alfredo Castillo, CONADE.

 

Escucha el audio original:

 

Seguimos caminando bajo el complaciente engaño de que los límites inmovilizantes están dentro (solamente) de nosotros mismos. El mismo principio utilizamos como slogan de nuestro fracaso, procurándonos un poco de ánimo en la sentencia tramposa de: hay que vencerse a uno mismo, competir con los demás no importa. Pero no hay realidad posible donde se sostengan esas buenas intenciones, y terminan, por lo mismo, siendo trampas de pusilánimes y mediocres.

Nuestro caminar nos ha llevado esta vez hasta Brasil, donde, a parte de las olimpiadas, se termina de cocinar la evidencia del resquebrajamiento total del mexicano contemporáneo. Hemos visto cómo la polarización de las opiniones en bandas furiosas e intolerantes, que no aceptan la diferencia y la aniquilan a ultranza, es más popular que los propios deportes de la justa. Todo mundo opina con donaire de dictador absoluto: unos critican llenos de prejuicios la gordura (o cualquier otro aspecto físico) de los atletas, mientras el bando contrario se deshace en sentencias aleccionadoras de lo que es políticamente correcto, incapaces de nombrar nada fuera de ese marco regulatorio que nos “hace mejores personas”. La exigencia de algunos (siempre virtual) por la obtención de resultados por parte de los deportistas es tomada, por los otros, como falta de conciencia del esfuerzo que supone estar allá. Imprecan, unos y otros, para no dejar avanzar, en una carrera imaginaria que no va a ningún lado, la opinión (que no llega a ideología) del de enfrente.  Por otro lado, el discurso oficial, que incluye el televisivo, se desbarata en enunciados que, cual palmaditas de espalda, consuelan a propios y ajenos: un quinto lugar olímpico no está mal, haber ido a las olimpiadas ya es un triunfo…

La dicotomía, entonces, aparece, y con ella la pregunta obligada ante la elección: ¿Será mejor empeñarnos en una “conciencia cruel”, o en un “bienestar artificial”?

La primera supone un ejercicio de “apertura de ojos”, donde el sujeto puede estar al tanto de manera crítica e incisiva del entorno en el que vive; implica, también, un ejercicio de contraloría social activo y denunciante que dimensione, de manera implacable, cualquier actividad de su prójimo. Hablar sin pelos en la lengua y decir que, al no ganar, eres un perdedor; que, si tienes sobre peso, eres gordo, y pelón si te falta el pelo. Lo cual no implica juicios de valor, pero sí, una asegurada soledad y una creciente amargura que te pondrá a lloriquear bajo el tubo del toallero del baño, con el lazo de la bata rodeándote el cuello. Además de la contradicción propia de nuestra necesidad de estar con otros.

La segunda exige una disposición incuestionable a la sonrisa. Renunciar a cualquier atisbo de confrontación (excepto en redes sociales), huir al compromiso bajo la bandera, eso sí, de que en el mundo mejor que queremos para nuestros hijos (porque los niños ponen drama en los ejemplos) no hay cabida para claridosos ni pesimistas. No hay preguntas por hacer en esta opción; a cambio, el sol saldrá en tu interior aún cuando llovizne, y efímeros momentos de felicidad podrán construir tus gratos recuerdos de la vida que no fue.

Lo realmente terrible es la ignorancia con que nos erigimos jueces de todo, la vulgar petulancia con que confundimos lo público y lo privado, lo social con doméstico, la filosofía con la opinión de barrio. Sobra decir que ninguno está a salvo de soberbia, mucho menos de morderse, muy pronto, la lengua.

Ir de una a otra opción sin convicción por ninguna será, en todo caso, lo imperdonable. Hay que elegir y defender vehementemente la elección. No puedes buscar, entre ambas, equilibrio, porque no sabríamos cómo clasificarte, y eso sí que sería una tragedia.

Mientras tanto, todavía hay deportes por los cuales quejarse. Quedan atletas ramplones  que comerse. Hay injusticia virtual que descalificar con superioridad moral, todo es urgente. Todo eso es de sumo beneficio para todos, para el país que, supongo, no tiene problemas más serios que la gestión olímpica, las lonjas de sus figuras públicas, la feria ardiente de las vanidades minúsculas de nuestros héroes.

Julio César Toledo, México.

Más sobre el autor

Dejar un comentario