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Reflexiones olímpicas

Portalápices

Por Guillermo Guzmán
Alfredo Castillo, titular de la CONADE. | Fotografía: Mexsport.
Alfredo Castillo, titular de la CONADE. | Fotografía: Mexsport.

 

Escribo este texto en el doceavo día de competencias olímpicas, y la “cosecha” de medallas no se está dando como en la conocida canción de Mike Laure: “Que nunca se acaba”; hasta el momento, sólo hay una presea: la de el pugilista Misael Rodríguez, de la cual, todavía no se sabe el metal, ya que podría disputar la final por el oro.

La participación de la delegación mexicana, hasta este momento, se podría calificar de desastrosa, pero, en realidad, no es por culpa de los atletas, ya que muchos de ellos, en sus diferentes disciplinas, han llegado a las finales estando entre los 10 mejores del mundo (evidentemente, esto no es suficiente para ganar los laureles), sino por el paupérrimo apoyo de los de “pantalón largo”, que en sus burocráticas oficinas sirven para menos que nada. Sin ir más lejos, la medalla obtenida por el púgil Rodríguez evidencía el pobre apoyo, ya que él, junto con sus compañeros, tuvo que hacer una colecta pública para costear sus viáticos en la justa olímpica. Sí, cómo lo oyó, un atleta de alto rendimiento, que el día de hoy está entre los tres mejores del mundo, estaba meses antes pidiendo monedas en la calle para poder competir.

Los mismos burócratas se endilgan culpas, cómo si eso sirviera de algo. Alfredo Castillo director de la CONADE intentó celebrar el triunfo, y lo único que recibió fue un desaire por parte de la Federación Mexicana de Boxeo, que le reclamó su falta total de apoyo, sacando a la luz, que hasta la indumentaria de los boxeadores todavía se debe, ya que se pidió fiada. Es el mismo director, que sale con su pareja sentimental en turno, tomándose fotos en Río de Janeiro; el mismo que permite que su novia use el uniforme de la delegación mexicana, como si se lo hubiera ganado compitiendo, argumentando, torpemente, que Hugo Boss se lo dio de cortesía, como si ese desliz no diera ya un tímido viso de conflicto de interés. En fin, su llegada a la CONADE ha sido desangelada, cargada de innumerables dudas, de terribles presagios y de anticipada falta de capacidad. Muchos se preguntaron qué carajo hace un “burócrata policíaco” en la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte; sobre todo alguien que, por cierto, en un sonado caso de secuestro, no pudo encontrar a una niña debajo de una cama.

Un “virrey” que dejó a uno de los estados más conflictivos de México en llamas. Un funcionario que debería ser juzgado por omisión y violaciones a derechos humanos. Castillo argumenta que lo avala en sus funciones públicas el hecho de haber jugado tenis ¡hágame usted el favor! Sobra decir que su historial deportivo es pequeño, por no decir ínfimo, ya que en la red no destaca ni un solo torneo que hubiera ganado. Es el gran “aforista” que nos regala joyas cómo: “La CONADE es una agencia de viajes que propiamente lo único que hace es dar el dinero a las Federaciones”. En mi barrio de Oaxaca le dirían: “Hay quienes maman y hay quienes se cuelgan de la ubre”. Y este señor ya arrancó la glándula mamaria bovina. Por dignidad, por respeto propio, debería renunciar al terminar los Juegos Olímpicos. Veremos qué es lo que pasa en las próximas semanas.

En otro tema, que no por eso está desligado de la justa olímpica, resaltan las críticas desafortunadas de algunos “ilustrados cibernautas” hacia la complexión física de la gimnasta Alexa Moreno. Decía mi abuela: “La ignorancia es muy audaz” (yo le agregaría: “La estupidez también”). Guillermo Fadanelli menciona: “La inteligencia ha perdido espectadores”; los nimios son tratados cómo filósofos y los ilustrados cómo estúpidos. El bufón es el rey, y el rey es un espejo de sí mismo. No me detendré en hacer más ruido del que ya hicieron los loros binarios. Es simple: Alexa estuvo en el quinto y séptimo lugar mundial en 2015 en salto de caballo y ganó dos oros en los Juegos Centroamericanos. Eso es mucho más de lo que sus críticos pueden decir de sí mismos; para ellos la única gimnasia que han practicado es al levantarse de un sofá.

Esto me lleva ineludiblemente a uno de los temas más socorridos cuando de fracasos y triunfos nacionales se trata: la mentalidad del mexicano. Octavio Paz, Heriberto Yépez, Leonardo da Jandra, entre otros, han hablado con mucho más talento que yo de ello. Por lo que sólo me detendré en algunas someras apreciaciones.

Siempre se dice: “Nos falta mentalidad ganadora”, pero cuando se gana: “Ese es un ejemplo de la mentalidad que tiene el mexicano”. Cuando se fracasa: “Al menos lo intentamos, ya mero lo conseguimos”. Seamos francos, la sensibilidad del mexicano hacia la consecución de objetivos es extremosa y bipolar. Se sufre, se ríe, se llora, se reniega, se mienta madres, se alaba, se lincha y finalmente se olvida. Hasta el supuesto “deporte nacional”, el fútbol, donde se consignaban las “grandes esperanzas” fracasó estrepitosamente en las Olimpiadas. Sólo porque las dos televisoras más grandes de México no pudieron transmitir los juegos. afinaron todo el engranaje de la Federación de Fútbol para autosabotearse, con tintes de una vendetta personal por parte de los magnates televisivos. La ira trágica cumbresborrasquiana de: “Sí yo no lo consigo, nadie lo hará” es latente en México.

Yo estoy harto del relato trágico que el mismo mexicano o mexicana se autoimpone: “Vencer a pesar de la adversidad”. Desde hace varias décadas se ha hecho costumbre pensar que el pasar obstáculos indica que se puede triunfar a pesar de las paupérrimas condiciones que existen, afianzando el metarrelato de que el mexicano es “luchón” y que puede vivir al margen de las instituciones públicas que deberían apoyarlo, compitiendo no sólo contra sus oponentes, sino contra la negligencia institucional, producto de la corrupción que existe en nuestro país y del desentendimiento de funcionarios a quienes se les paga de nuestros impuestos para que hagan su trabajo, ni más ni menos.

Para mí, el deporte representa uno de los baremos más justos para medir el carácter de una persona; donde se ven, sin ambages, sus fortalezas y lastres. En el ámbito global, el triunfo deportivo representa el grado de desarrollo de un país, sin lugar a dudas. Estados Unidos, Reino Unido, China, Rusia y Alemania ocupan, en Rio 2016, los cinco primeros lugares del medallero. Y ya ni hablemos de su IDH para evitar más desaguisados. Debemos entender que los atletas nacionales son embajadores de nuestro país ante el mundo y que se les debe respetar y apoyar para que lo representen dignamente: sin uniformes rotos y parchados; con fisioterapeutas especializados, con una digna infraestructura deportiva y con programas escolares que le devuelvan al deporte su importancia fundamental en la formación integral del estudiante; con una transparente asignación y distribución de recursos, y sin funcionarios déspotas e ineptos que piensan que la dependencia a su cargo es su rancho particular.

México está entre las 20 economías del mundo y se debe, urgentemente, actuar en consecuencia. Considero que la deslucida participación deportiva mexicana va más allá de un mero asunto de mentalidad, es una problemática multicausal; yo diría casi casi sistémica.

Los que en algún tiempo de nuestra vida hemos practicado, tanto deportes individuales como por equipos, sabemos que cuándo hay una oportunidad de ganar, ésta se toma con uñas y dientes; se compite con toda energía, se incendia el espíritu, se transpira y se sangra, nada se queda dentro. De la mano de lo anterior, estará siempre el entrenamiento eficaz, me atrevería a decir que es el 90% de la victoria.

Hoy acudimos a la encrucijada de reflexionar sobre el deporte, un rasgo de la condición humana donde mujeres y hombres vuelven, por unos momentos, a ser niñas y niños. Despojémonos del síndrome nacional del cangrejo, evitando a toda costa que el humor torcido disfrace nuestra ineptitud y mediocridad, no sólo en el deporte, sino como sociedad y pueblo. Creo que es el momento.

Guillermo Guzmán, México.

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