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¿Quién es Donald J. Trump?

 

Esposo, padre, hijo, hermano, divorciado y el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América, para ser honesto no creo que existan suficientes adjetivos calificativos para poder describir a la persona que duerme en el número 500 de la avenida Pensilvania a estas horas de la noche. Muchas personas se atreverían a asegurar que Donald padece de sus facultades mentales, sin embargo creo que no podemos juzgar un libro por su portada y los más de 300 días que llevamos de conocerlo.

Trump nació en el estado de New York en los Estados Unidos, hijo de inmigrantes que llegaron de Europa del Este en búsqueda del sueño americano y lo encontraron en primera instancia en el negocio de los muebles y subsecuentemente en de la construcción de hogares para familias. Donald destacó siempre por un carácter explosivo, inclusive cuando fue expulsado de la secundaria por noquear a su profesor de música de un golpe, lo que lo hizo parar en una escuela militar.

 

 

 

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Antes de convertirse en tweetstar, Trump se inició en el negocio de los bienes raíces a muy temprana edad, confesó que ser arrendador y cobrador es un trabajo muy duro, por lo que decidió cursar una carrera universitaria en la Universidad de Fordham. Tras heredar una pequeña fortuna incursionó de forma fortuita en varias industrias, principalmente la inmobiliaria y destacablemente como operador de casinos, que como bien sabemos no terminó de la mejor manera.

 

                                                                   Múltiples demandas, una universidad clausurada, tres divorcios y varias apariciones en cine y televisión después, Donnie –como le molesta que lo llamen- decidió que era momento de concentrarse en su legado y como parte de una crisis de edad avanzada, concluyó que su mejor opción sería ser presidente del país más poderoso del mundo. Bajo la promesa de “Hacer

 

Grande a América Otra Vez” (MAGA por su acrónimo en inglés), Trump se comprometió a regresar los empleos a la clase obrera de su país y devolverlos a sus mejores años, cuando Estados Unidos era una potencia. Su plan de acción era muy claro, construir un muro, expulsar inmigrantes y pelearse con cualquiera que representara una amenaza contra su discurso político.

A casi un año de la elección que tomó por sorpresa al mundo, podemos determinar que con todo y el beneficio de la duda, Donald Trump no tiene la menor idea de lo que está haciendo cada mañana después de levantarse. A pesar de que sus seguidores parecen no abandonarlo, su respaldo político no parece tan sólido. Lo que parecía no pasar de falta de diplomacia y tenciones personales se ha convertido un desastre tras recibir un puñado de desastres naturales, una serie de tensiones con organismos supranacionales, una fallida renegociación del Tratado de Libre Comercio con sus vecinos y una guerra de palabras con Kim Jong-Un, poniendo en peligro la seguridad de millones.

Donald ya no tiene la vida fácil que tenía durante su luna de miel en Acapulco después de su primer matrimonio y probablemente a estas alturas ya se ha dado cuenta de que no quiere este trabajo tanto como la gente lo quiera fuera de él, sin embargo no es de mucho consuelo –ni para él ni para nosotros- pensar que ni siquiera ha terminado el primer año de lo que podrían ser los cuatro años más largos en la historia de Estados Unidos.

 

 

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